lunes, 17 de octubre de 2011

Ella

Nada detenía su movimiento. Ninguna fuerza se oponía a su trayectoria. El universo era suyo. Era su casa, por la que andaba desnuda y sin vergüenza.
Implacable. Indiferente. Insensible. Impasible.
Nada parecía importarle. Ni siquiera los eones que llevaba perdida.

Por fuera se la veía brillante. Orgullosa. Majestuosa.
Por dentro estaba vacía. Apagada. Sucia. Llena de olor a muerte.

Pero el universo, por más grande que sea, tarde o temprano enfrenta a los cuerpos que lo circulan en espectaculares encuentros.

El campo gravitacional de un planeta gaseoso acarició su masa. Lentamente curvó su trayectoria y la empezó a atraer hacia él. No la iba a soltar.

Paulatinamente el calor la fue acobijando. Luego comenzó a ablandarla. Más tarde la incineró.

Nadie lo notó. Probablemente, ni ella misma.

Su paseo sin rumbo había terminado acaloradamente. Por cierto, de la misma forma que había comenzado.


Dawn of the Dead

Después de ver el video de esta canción:


Pareciera que el mundo no tiene salvación.

Es sorprendente como un bajísimo porcentaje de la población, sólo por el hecho de estar estratégicamente ubicada (cada uno en su zona) puede cambiar el curso de todo la humanidad.

Para rematarla, cuando terminó, me apareció una publicidad de CFK al lado!! chan

domingo, 18 de septiembre de 2011

Saber lo que uno quiere. Arma de doble filo.

¿Qué estaría más bueno? ¿Saber que es lo uno quiere o saber lo que uno no quiere?
Por bastante tiempo pensé que yo sabía que era lo que si quería, también sabiendo un poco que era lo que no quería, pero de todas formas, mucho más centrado en lo que sí que quería y fuera del camino de lo que no quería.
El tema es que al final estoy bastante más ubicado en un lugar que antes no quería, que en uno en que sí quería. Pero eso no es necesariamente malo.
Lo malo de saber lo que uno quiere y conseguirlo, creo que sería que no habría sorpresas, no habría momentos inesperados que produzcan cambios importantes. Todo sería demasiado planeado. No se si alguien puede saber tan claramente lo que quiere como para hacerse un plan, que podría no ser el adecuado.
Saber lo que uno quiere es casi como vivir de acuerdo a un plan que lo tiene a uno mismo, y no como si uno tuviera el plan.
Tener muy claro lo que uno quiere, o mejor dicho, pensar que se tiene muy claro lo que uno quiere, podría llevar a conseguirlo, lo que podría ser una gran catástrofe.
Lo bueno de saber lo que uno no quiere, es que puede evitar esos caminos e ir eligiendo otros que ofrezcan diferentes alternativas y que un día una de esas complete alguna parte de las varias cosas que se buscan.
De esta manera, la vida tendría muchas más sopresas, y lo que es mejor, siempre se estaría a tiempo para tomar cualquiera de esas cosas con una etiqueta de “esto no lo quiero” y tacharle la parte del no. Guiarse por lo que uno no quiere abre un abanico tremendo de oportunidades y cosas nuevas en las que a lo mejor ni se había pensado.
En cambio, tener un plan, que al final lo tiene a uno, puede ser el camino perfecto para levantarse un día y darse cuenta de que la cagó.
Y eso es algo que no quiero.

jueves, 1 de septiembre de 2011

DeLorean

Desde su niñez ya sabía lo que era una parajoda, las líneas de tiempo, las líneas de tiempo alternativas, los “loop” temporales, los agujeros de gusano, las singularidades, los agujeros negros y hasta cierto punto comprendía los ínfimos misterios de la mecánica cuántica.
Había leído ciento de cuentos e historietas de ciencia ficción (y no tanto) que sumadas a su formidable capacidad de análisis lógico lo habían convertido en uno de los científicos más exitosos de su época.

El problema con él, era su noble corazón, no le permitía aprovechar las ventajas que muchas veces se le presentaron. Si algo había aprendido del hombre común que fue su padre, era que un hombre digno, es un hombre de bien.
Digo problema, porque sus superiores y compañeros, tampoco se podían ver beneficiados de estas situaciones ventajosas, y de ética dudable, que Sebastian dejaba pasar (su nombre se escribía sin la tilde ya que había sido mal registrado en su acta de nacimiento, pero a él le gusta así).
A pesar de todo esto, Sebastian era un activo del que el proyecto no podía prescindir.

Estaba construyendo una máquina del tiempo. Era posible. Él ya lo sabía, lo complicado era construirla con los elementos que la ciencia le podía proveer.

Nunca tuvo tiempo para el romance, sólo algunos cortos encuentros con una vecina en una época, otros más cortos y complicados con una compañera del proyecto, y quizá alguno más. Pero su vida era la ciencia. Él era un hombre de ciencia y no había lugar para distracciones. Sólo era abrazado, de vez en cuando, por la nostalgia de no haber tenido un hijo, pero sabía que tampoco tendría tiempo para él. No podía afrontar distracciones.

Su verdadera preocupación era el uso indebido que se le podría dar a una máquina con tanto poder sobre la vida, la humanidad y el universo mismo.

Una máquina así, en las manos equivocadas, podría convertir a la humanidad a la esclavitud. Lo difícil era saber cuales no serían las manos equivocadas. Una vez que esté listo, ya no sería su proyecto, sería propiedad del gobierno y le sería arrebatado.

Sebastián era consciente de lo peligroso que era el alcance del proyecto que dirigía, pero la pasión lo cegaba con su femenino encanto y seducción.

El funcionamiento era muy simple. La máquina constaba de una cámara de transferencia que permitía tanto la entrada como la salida de los viajes temporales.
El riesgo de cada viaje era altísimo.

¿Qué sucedería si uno viaja 10 años en el futuro y al momento de su arribo una falla eléctrica desactivara la cámara? Quedaría atrapado fuera del tiempo y del espacio desaparaciendo instantáneamente, en el mejor de los casos...

Pero el momento llegó. Su sacrificio y la entrega de su vida y energías al proyecto habían logrado su cometido.
El DeLorean, como se animó a llamar a su invención, en tributo al vehículo utilizado para viajar en el tiempo en la afamada película de Volver al Futuro, estaba listo.
No tenía ruedas, ni siquiera se movía, pero permitía viajar por el tiempo, cualquier nombre que tuviese sería aceptable.

13 de Junio era el día en que el DeLorean sería puesto en producción. Por cuestiones personales, era una fecha importante para él.
Una vez que se ponga en funcionamiento será imposible desactivarla. Todos los sistemas se crearon por triplicado, y la seguridad era total.
Nunca, pero nunca, podría volver a ser desactivada. Era imposible calcular cuando se podría recibir a un viajero del futuro. Siempre se debía estar listo para el arribo. Todos los viajes al pasado serían una sorpresa en su llegada, a diferencia de lo que sería un viaje al futuro.
El hecho de enviar alguien al pasado altera el curso de la línea de tiempo, de esa forma, sólo enviándolo se sabría si pudo llegar sin problemas en su viaje al pasado. Por consiguiente, hasta que no se haga un envío al pasado, la historia no tendrá registros de ese envío.

El día esperado llegó.
Todos los sistemas estaba listos.
Una vez que se presionase el botón rojo, no habría vuelta atrás, irónicamente.

Sebastian tuvo el honor.

Instantáneamente comenzó a sonar la alarma, todos los sistemas se activaron, la llegada de un viajero del tiempo estaba sucediendo.
La sonrisa en el rostro de Sebastian expresaba la felicidad que lo colmaba.

En su cabeza todo tenía sentido ¡que mejor fecha para un viaje al pasado que el mismo momento en que la máquina fue puesta en funcionamiento!

La cámara despedía haces de luz tremendamente intensos, todos apresuraron a ponerse las gafas protectoras para poder presenciar el suceso.

La alarma terminó su trabajo y el silencio volvió a colarse en el salón.
Los sonidos de los golpes de aire de la descompresión de la cámara volvieron a llenar el aire de vibraciones.
La puerta se abrió.

Era Sebastian.
Su estado físico era deplorable, en un cálculo rápido se podía decir que estaba unos 30 años más viejo, pero no solo viejo. Desgastado. Mal tratado.
Sostenia en su temblorosa mano derecha un artefacto de forma esférica, con una luz roja que se encendía y se apagaba al son de un característico pitido que sonaba a breves intervalos.

Sebastian se quitó las gafas y corrió hacia cámara, tomó al recién llegado del hombro y le preguntó.

- ¿Qué pasó? ¿Qué está pasando?

El golpeado viajero del tiempo dejó escapar y rodar libremente una lágrima sobre su mejilla. Sebastian entendió instantáneamente y también cedió a sus ojos un reconfortante baño de lágrimas.

- El mundo, el hombre, no está listo para esto, de hecho, nunca lo estará. Créeme. Yo lo sé. Tu lo sabes. Ésta es la única salida, ya lo he intentando muchas veces.

El artefacto cumplió su labor y generó una explosión que devastó toda la zona dejando un cráter como recordatorio del peligro de jugar con el tiempo.

domingo, 28 de agosto de 2011

Como madre e hijo

Hacía tiempo que ya había usado la rueda de auxilio, así que este atajo equivocado que había tomado lo estaba incomodando.

Cada piedra, cada agujero, parecía estar a punto de dejarlo a pie. Pero ya era tarde, faltaban muchos kilómetros por recorrer y no quería aminorar la marcha.
Su capricho, como suele pasar con los caprichos, no lo llevó a buen puerto. Una roca filosa abrió un gran siete en la banda lateral de su goodyear agrietada que calzaba en la llanta delantera derecha. Cada una de las cubiertas era de una marca, y por lo tanto, modelo distinto, pero todas eran viejas, eso si era algo que tenían en común. También estaban mal cuidadas, igual que el resto del auto, y sin necesidad de volver a mirarlo, como la imagen que mostraba al mundo su propia persona.
Su barba mal afeitada y arrugas que sus ojos disparaban hacia los costados caracterizaban su cara hacía varios años. También su paleta amarronada de tanto apoyar el cigarrillo sin filtro en el mismo lugar de su boca.

Se encontraba en cuclillas, mirando con asco la rueda magullada. En parte por estar haciéndolo con resignación y en parte porque el sol de poniente daba directo sobre sus ojos.
Se puso de pie e hizo un paneo sobre el paisaje. Seguía con su cara de asco.
No había nada que pareciese indicar civilización. Todo era descampado y un camino de tierra polvoriento.
Sosteniendo su expresión en la cara, tomó algunas cosas del auto y emprendió un pesado andar en la dirección que se dirigía, sabía que de donde venía, debía moverse a 40 Km/h durante dos horas para alcanzar la carretera. Era probable que hayase algo antes si continuaba avanzando. A 3 o 4 Km/h en este caso.
Pronto sólo la tenue luz de la media luna que colgaba del firmamento iluminaba el camino. Siguió caminando.
Y siguió caminando.

Ya habían pasado un par de horas cuando llegó a una división. El maldito camino se dividía en dos. La mitad que se abría hacia la izquiera era mucho más ancha que la que lo hacía hacia el otro lado. Siendo así, probablemente el camino a su derecha, que estaba mucho menos marcado, era recorrido a pie, así que sería su mejor alternativa.
Llegó a una casa, vieja y sucia, pero una casa al fin.
Se aproximó desganadamente, subió los crujientes peldaños de madera que antecedían a la puerta, y la hizo sonar con un algunos toques de sus nudillos.
Ya era cerca de media noche, no era un hora apropiada para presentarse sin previo aviso. Poco le importaba.
La puerta se abrió y una mujer tan enjuta como anciana, se paraba detrás del mosquitero.

- Hola. - Le dijo intentando borrar la expresión que lo acompañó en su caminata.

La anciana lo miraba extrañada. Casi como si lo reconociese. Como si le resultara familiar. Pero no respondió al saludo.

- Hola. - Repitió. - Disculpe que la moleste a esta hora. Tuve un problema con mi auto.
- Sí, seguro. - Dijo ella. - ¿Que otra cosa lo traería a mi puerta?

Le hizo un gesto de asentimiento. Cada vez tenía menos ganas de estar ahí.

- ¿Cómo puedo ayudarlo?
- Mi auto está muy lejos de aquí. Siendo que ya está entrada la noche, ¿podría usted hospedarme hasta mañana? No seré una molestia, sólo necesito dormir un poco. En agradecimiento podré ayudarla con algún trabajo en su casa o necesidad que tenga.

La ancianita emitió un sonido aprobador, sonrió tonta o inocentemente, como una niñita y lo invitó a pasar.

- ¿Tendrá hambre también?
- Como le dije. No quiero molestarla, con un sitio para dormir será suficiente para mí.
- Pero jóven, ¿qué clase de mujer sería si no pusiera un plato en la mesa para un hombre hambriento que se hospedará en mi casa?

No lo dejó moverse de la cocina. Le calentó algo que ya estaba en la cacerola y se lo sirvió en un plato rajado.
Parecían verduras hervidas con alguna clase de carne. No recordaba haber recibido una imagen tan desagradable de un plato de comida.
La miró buscando alguna excusa para rechazar eso que se le había impuesto.

- Son verduras de mi propio jardín. Verá, estoy muy lejos del pueblo como para ir de compras, tengo mi propia huerta. Es todo muy sano. Soy una mujer independiente ciento por ciento. Un poco solitaria, pero ya está usted aquí.

La expresión de Roberto no acompaña las palabras de la mujer independiente.

- Coma. - Dijo poniendo el oxidado tenedor sobre el plato.

La verdad es que tenía hambre y estaba cansado. Comería y se iría a acostar. Pronto podría seguir su camino.
El sabor fue tan desagradable como la apariencia de la comida. Seguía sin saber que carne era, pero cuanto menos pregunte, mejor.
Terminó de comer y se acostó, vestido como estaba, sobre la cama rechinante que se le concedió.

Ya estaba amaneciendo cuando se despertó con un tremendo dolor de cabeza que punzaba sobre su cráneo.
Quiso tomarse la cabeza con las manos, pero algo lo impedía.
Abrió los ojos.
Seguía en el mismo cuarto, acostado en la misma cama. Pero sus manos y pies estaban atados. Apenas se podía mover.
Haciendo el menor ruido posible, comenzó a forcejear intentando liberarse. Sus esfuerzos eran en vano. Estaba muy bien atado. Todavía había poca luz y no podía ver como eran las ataduras, pero eran muy resistenes. Cuero tal vez.

La mañana transcurrió, sus gritos e insultos no fueron respondidos. Hasta que Isabel se presentó en la habitación.

- Buen día dormilón.

Robertó explotó en agresiones y amenazas que soltó durante cerca de un minuto, en el que casi no se ocupó de respirar.

- Yo también he dormido bien hijo. Gracias por preguntar.
- ¿Su hijo? ¡Muerto antes que ser su hijo vieja asquerosa!
- Seguro. - Respondió con sequedad y firmeza. Luego cerró a la puerta tras de si.

No fue hasta la noche que su madre volvió a la habitación.

- ¿Te comportarás amablemente o te quieres ir a dormir sin comer?

Roberto estaba desesperado. No había podido soltarse en todo el día. Estaba deshidratado, lo cual sostenía su dolor de cabeza que no había cedido.

- Seré bueno. Necesito agua.
- Claro. - Dijo Isabel. - Te traeré un poco. Ya vuelvo.

Volvió con un vaso de vidrio lleno de agua sucia. La bebió a pesar del olor y desagradable sabor.

De un pequeño agujero en el suelo salió un ratón, guiado por el sócalo de la pared, caminaba sigilosamente blandiendo su nariz agitada.
Isabel, con una velocidad que sorprendió a Roberto abrió un cajón y sacó una trampa ya lista para atraer y capturar roedores.
La ubicó en una esquina. Se echó hacia atrás, miró a Roberto, le guiñó el ojo y se sentó a esperar.
Pocos segundos duraron los chillidos del pequeño mamífero agonizante.

- Esta noche cenaremos algo más que solo verduras hervidas. Exclamó alegremente. Tú sólo espera aquí.

Se fue a cocinar tarareando una canción que le recordaba a Frank Sinatra.

lunes, 18 de julio de 2011

La pregunta

Me parece que la pregunta no es "¿Por qué?", cuando uno hace algo que en el fondo sabe que no debería.
Creo que la pregunta es "¿Para qué?".

Pensé un par de ejemplos y puede que no esté tan errada la idea.
De haberlo sabido antes me habría ahorrado algunas acciones equivocadas, o al revés.

martes, 31 de mayo de 2011

Esfuerzo

Siempre nos dijeron que tenemos que esforzarnos, que las cosas que se ganan sin esfuerzo no se valoran. Que no es lo mismo.
No se si es tan así. Lo que pasa es que nunca lo cuestioné mucho, porque de chico ya lo aprendí, pero se podría pensar un poco más.


Esforzarse es poner energia y elementos costosos con el fin de obtener algo. Suponemos en este caso, algo deseado. El hecho de haber tenido que esforzarme para conseguir algo, hace que eso valga más, supuestamente. Ni hablar si no lo conseguí, no solo tengo la frustración del esfuerzo vano, si no que además tengo las manos vacías. Claro que podemos ver el lado positivo y considerar que aprendimos algo. Pero eso ya implica otro esfuerzo, para ver lo bueno en lo malo.
Pareciera que hay que sufrila para que lo que se obtenga posea un valor significativo.
De esta forma, un artista que disfruta enormemente de pintar o crear, no debería sentir una gran gratificación una vez que termina, porque no tuvo que esforzarse, solo fluyó. Yo, por ejemplo, no debería valorar todo lo que tengo escrito en este blog, porque me encantó hacerlo. Me pasó con mi facultad. Sólo cuando dejé de estudiar con el único fin de aprobar fue que entonces dejó de ser una tortura. Estudiar para saber y conocer es mucho más fácil que estudiar para aprobar. Lo mismo pasa en los trabajos, se los firmo.

Cuánto más copado, me parece, sería pensar que hacer cosas que representen un esfuerzo solo hace más complicada la vida, y no por el contrario, valorarla más, y que si bien cada uno sabe lo que tiene que hacer y lo que no, muchas veces se podrían dejar de hacer cosas que son un esfuerzo y que solo se hacen con un fin, cuando es muy posible que existan caminos mucho más agradables para transitar hasta ese fin, sólo hay que animarse a incursionarlos.

PD: No es apología del delito eh, no salgan a robar. Robar es malo.

lunes, 23 de mayo de 2011

¿Para qué sirven los hijos?

Bueno, esa es una pregunta que yo nunca me hice. A diferencia de Alejandro Rozitchner, quien se refiere a sí mismo como filósofo, en esta nota: Para qué sirven los hijos.

Yo por otro lado, un pobre individuo ignorante de la vida, me hice otra pregunta. ¿Por qué la gente tiene hijos?

Para mí la respuesta siempre fue tan simple como clara: Porque quieren. Porque quieren cubrir su capricho o su necesidad.

Muchos me dicen que los traen al mundo para darles amor, para verlos crecer, para darle un sentido a la vida. Yo digo que todas esas no son más que confirmaciones de que están cubriendo su propia necesidad personal que no está regida por el amor que tanto pregonan querer dar. Si no por un acto sexual, no de amor, egoísta donde lo que se busca es algo que ya una mascota no puede cubrir.

Por supuesto que una vez que los tienen, los quieren. Yo también los querré el día que los tenga. Pero la pregunta no es si se quiere a los hijos o porque razón se los quiere, la pregunta es ¿Por qué se tienen hijos?




miércoles, 18 de mayo de 2011

Conan

Capítulo 1 - La pérdida

Sus ojos tardaron poco tiempo en adaptarse a la oscuridad de la cueva. De todas formas se estaba guiando por el resoplido de la respiración de la bestia.
No se le iba a volver a escapar. Este troll le había arrebatado a su compañera, de sus propias manos. De esas manos que no la supieron proteger cuando ella lo necesitaba. Se la arrancaron y un buitre gigante se la llevó colgando de un tobillo en dirección a la puesta del sol.
Ese engendro proveniente de las entrañas mismas de la tierra se lo pagaría muy caro.

Pero debía haberlo sabido. Esa cueva era una trampa. El olor nauseabundo lo confundía, pero el sonido que escuchó detrás suyo no le dejó dudas de que había sido rodeado.
Giró blandiendo su sólida y cansada espada, pero el troll lo tomó del brazo y presionó con una fuerza tremenda.
Inclusive Conan con su titánico poder, estaba siendo dominado.

Tendría pocos segundos antes de que llegue su otro enemigo y que la situación se torne más complicada aún.
Su mano izquierda rápidamente alcanzó su daga y le asestó una estocada directa en el cuello. Estas monstruosidades no caían fácilmente, así que debería seguir hiriéndola. El tiempo apremiaba.
Su brazo se levantaba y bajaba con una potencia aterradora. Pero los ojos de la bestia seguían transmitiendo la misma agresividad primitiva que los gobernaba.

Consiguió liberarse, la daga había cercenado el pectoral de la bestia al punto de hacerlo perder el control de ese brazo. Levantó la espada por sobre su cabeza con ambas manos para propinarle el golpe final, pero sus brazos nunca bajaron. Le había dado alcance el otro troll. Esta vez con mayor ventaja táctica, ya que se encontraba detrás de él.
Lo tomó del cuello y de un brazo. La constricción era intolerable. Gotas de sudor frío cubrieron de rocío su frente. La espada cayó al suelo de roca resonando en toda la cueva.
Luchó frenéticamente por liberarse, no podría resistir mucho tiempo en esa posición. Sólo conseguía agotarse más. La bestia lo hizo girar y levantó hasta ponerlo cara a cara. El aire le entraba y salía fuertemente de las fosas nasales. Decenas de marcas y cicatrices adornaban su carne. Algunas de poco días de antigüedad.
Emitía olor a muerte.

Como si no estuviera a punto de ser aplastado preguntó, apenas pudiendo expresar sus palabras entre dientes:

- ¿Dónde está ella?

El troll parecía sonrir. Disfrutar. Su respuesta fue...

- Saurus. - Estiró la s final pronunciando, casi como un susurro, el nombre del mago negro.
- Ese maldito. - Pensó. - ¿Para qué podrá quererla? Probablemente me quiera a mí. Tendrá de mí y de mi acero también.

Levantó las piernas, y como si caminara sobre el cuerpo del troll, llegó hasta lo más alto y le propinó una patada directamente en la garganta, su enemigo la resistió y la siguiente también, pero la tercera lo obligó a soltarlo dejándolo caer al suelo sobre su espalda.
Sin perder ni un instante, tomó su acero y comenzó un violento ataque a espadazos limpios. En pocos segundos el troll desparramaba la sangre que brotaba a de sus profundas heridas.

Salió de la cueva, otra vez sus ojos debían acomodarse, pero este cimerio no sobrevivió hasta hoy por quedarse esperando.
Su caballo lo esperaba no muy lejos de allí. Emprendió su carrera hacia la fortaleza del mago negro, Saurus.


Capitulo 2 - La búsqueda

El camino era largo, más razón para no perder tiempo. Descansaría cuando lo haga el sol.
No había senda, nadie se acercaba a esa zona, por lo menos nadie que apreciase su vida. Pero él no era nadie. Era el guerrero más temido la tierra media y su nombre se escuchaba en las historias de cantinas y niños.
Zenobia lo esperaba, probablemente siendo atormentada por ese maldito. Pero ella es fuerte.
El camino se estrechaba y la vegetación aumentaba, la húmeda ladera de la montaña ya lo había recibido.
Escuchó voces. Su caballo lo delataría. Lo ató a una rama y bajó por el costado izquierdo. Se perdió en la oscuridad de la selva. Llegó hasta donde estaban la voces, pero no había nadie. Su oído no fallaba, desde esa dirección venían las voces, pero nadie clamaba su autoría.
Pronto comprendió que había un pozo tapado por unas hojas y que alguien había caído en la trampa. Si el cazador estaba cerca, poco tardaría en llegar y esas tierras no eran habitadas por gente muy hospitalaria. No dejarían pasar la tierna carne de la pareja que ocupaba el pozo.

- ¿Y porque debería sacarlos? - Les preguntó luego de una breve conversación.
- Seremos tus guías. - Conan rió enseñando sus manchados dientes.
- ¿Qué clases de guías serían si cayeron en una trampa para niños? - Dijo con tono burlón.
- Conocemos muy bien el otro lado de la montaña, y apuesto a que ese es tu camino.
- Mi destino es la forteleza de Saurus. - La cara de ambos perdió su chispa.

La pareja cruzó susurros y luego de una pequeña discusión intercambiaron su libertad por el trabajo de guías.

Tenía razón. Sabía que no era buena idea. Ir acompañado de principiantes trae mala suerte, pero algo en su interior le dijo que acepte la oferta. Crom tal vez.

No fue complicado para él sacarlos. Parecían una pareja común de aldeanos. Pero de seguro no lo eran.

- ¿A dónde vas? ¡Es para el otro lado!
- A buscar mi caballo.

Conan volvió montando su equino.

- ¿Me montaré detrás?
- Tu irás andando.

La cara de asombro de la mujer, jóven mujer, hizo sonreír al duro guerrero que por un momento bajó la guardia.

- Caminen delante. - Indicó con tono de poca paciencia. Había recobrado la cordura.

El cruce de la montaña no les trabajo mayores inconvenientes. Sólo el lamentable hecho de tener que haberse despedido de su compañero que debido a sus limitaciones físicas, no podía trepar. Conan tampoco era un gran trepador, pero se las pudo arreglar mejor que su caballo. La pareja que lo guiaba, por otro lado, trepó las rocas con gran soltura.

El camino se abría en dos.

- Es por aquí.
- Pues yo creo que es por el otro lado. - Dijo Conan odiando la duda que lo regía. Pero a su vez, con la certeza de que la pareja elegía el camino que ellos querían. Un camino que podrían surcar con la seguridad que les brindaba un guerrero cimerio de su lado.

Fue en ese momento cuando escuchó el silvido de un dardo, sólo unos segundos los separaban de una parálisis producida por el veneno que endulzaba la punta de esos dardos. La tribu lugareña les daría una cálida bienvenida, sobre su hoguera.
Lamentablemente la ruta de escape era el camino elegido por sus guías, no hubo tiempo que perder y corrieron en esa dirección.

Conan ya sabía de las intenciones de estos dos. El sol no se ponía en esa dirección y el sabía que el buitre que se llevó a Zenobia iba a volar en línea recta.
Llegaron a un acantilado cruzado por un puente en pésimas condiciones.

- ¿Cúando no? - Preguntó el jóven al ver el estado del puente. - Nunca están en buenas condiciones.

Conan no emitía sonido. Analizaba cada tablón, cada ligadura, cada soga. Su pesado cuerpo sería una carga complicada para ese puente.
Lo peor de todo, ¿confiaba lo suficiente en la pareja como permitir que ellos estén al pie del puente mientras él se encontraba en el medio? - Pensó rápido.

Miró a Casiana y le ordenó que cruce primero. Él cruzaría segundo y por último el muchacho. Si cortaban el puente mientras él cruzaba, por lo menos quedarían separados.

La jóven cruzó apresurada e inexpertamente. O eso parecía. Conan ya dudaba de la torpeza de ambos. Pensándolo bien, ella cruzó con cierta destreza.

Ni bien Conan terminó de cruzar, un grupo de pigmeos se abalanzó sobre el jóven que todavía esperaba su turno, pero éste los había escuchado antes. No había dudas de que no eran unos aldeanos cualquiera.
Conan abrió sus enormes ojos y empuñó su espada, se preparó a cruzar rápidamente cuando un lanza lo hizo girar sobre su costado para luego herir el brazo de Casiana.

Ya era tarde para el joven. Seguía en pie con dos lanzas clavadas, incluso consiguió arrojar a dos de sus enemigos al vacío y apuñalar a tres. Pero eran muchos.
Conan cortó el puente. Algunos pigmeos que ya intentaban cruzar cayeron junto con las tablas. Casiana derraba lágrimas y su labios temblaban, pero no rompió en llanto.

- Lo siento. - Dijo Conan. - Ella no contestó

Todo fue muy rápido. Se preguntaba como no supo que lo estaban siguiendo. Entendió que los pigmeos esperaron a que uno quede solo esperando para cruzar, a que estén separados. Había caído en la trampa igual que un novato. Debía alejar su mente de lo que le pueda estar pasando a Zenobia, y concentrarse en su situación.

Siguieron caminando varios días. Callados.


Capítulo 3 - El altar de los sacrificios

Llegaron a un pequeño monumento. Era como un altar de sacrificios. Claramente no había sido utilizada en mucho tiempo, las plantas habían comenzado a crecer.
Casiana conocía perfectamente el lugar, fue directo a una roca con un agujero. Insertó una daga tallada a mano y la roca se abrió. Ella entró sin emitir sonido alguno.

Conan no se sorprendió tampoco, ahora todo tenía sentido.

Era un antiguo altar de sacrificios con la particularidad de que debajo escondía enormes cantidades de piezas de oro que los antiguos habitantes usaban para crear adornos y objetos que se ofrecían junto al sacrificio. La pareja estaba detrás de ese oro.

- ¿A esto venían tú y tu novio? ¿Te parece que ha valido la pena? Seré un asesino despiadado para tí, pero no arriesgo mi vida ni la de mi amada por un poco de oro.
- Era mi hermano. Dijo que era mi pareja para que no intentes nada conmigo.
- Si quisiera hacerte mía, ni él ni nadie podría evitarlo.

También confesó ser aquilonia. Ella estaba más lejos de casa que él. No quería seguir con el misterio.

- No entiendo. - Dijo Conan. - Llegaste hasta aquí y has tomado solo una pieza del oro. - Era como un medallón con unas pequeñas puntas y un rubí en el centro. Ella se lo colgó.
- Es simbólico. Seguí hasta aquí para que todo el camino no haya sido en vano. Para haberlo conseguido. Era una aventura de hermanos. El oro sin él, no vale para mi.
- Hablas como si fuera algo más íntimo que tu hermano. - Dijo Conan asegurándose de que no sean pareja.
- Pues lo era.

Emprendieron el camino

- ¿Y qué es lo que vale tanto más que el oro para tí que vamos camino a nuestra muerte segura en la casa de Saurus? - Dijo ella varias horas después como si solo hubieran pasado unos segundos.
- Tú más que nadie deberías saberlo.
- Solo buscaba conversación.
- Entonces no preguntes estupideces por favor.
- Bueno, has dicho “por favor”. Es la primera vez que te lo escucho decir.
- Es casi la primera vez que me escuchas hablar. Ahora guarda silencio si no quieres terminar como tu hermano. - Ella le echó una mirada de furia. Pero sabía que Conan tenía razón.

Ya se les había acabo la comida y llevaban más de un día sin comer y casi sin beber. Pero ella no se quejaba y le seguía el paso. Debían volver a cazar algo pronto.
Crom viendo la necesidad de ambos, les regaló una liebre distraída que comía a la orilla de un muy angosto arroyo. El cimerio solo necesitó unos segundos para apuntar y atravesar al mamífero al medio de un flechazo.

Esa noche cenaron liebre. Pero cruda. Hacer un fuego era muy riesgoso. Casiana no lo entendió. Todavía le quedaba mucho por aprender.
Ya estaban muy cerca, pidió máximo silencio y atención. No quería ser descubierto.


Capítulo 4 - La fortaleza

Recordó al jóven diciendo “¿Cúando no?” al ver que la fortaleza estaba rodeada por una laguna oscura, infestada de reptiles hambriento, cocodrilos, serpientes y toda clase de animales rastreros.
Pero eso no lo sorprendió tanto como encontrar un pequeño bote a remo. Algo estaba mal, algo estaba muy mal.

Esperaron al anochecer.

Ella se negó a quedarse y ambos abordaron la pequeña embarcación. Sigilosamente se aproximaron a lo que parecía ser una gruta al ras del agua. La oscuridad los abrazó.
Casiana metió la mano en su bolso y sacó una pequeña piedra. La aproximó a su boca y susurró unas palabras incomprensibles para Conan. La pequeña piedra comenzó a emitir un destello de luz que hizo abrir los ojos del cimerio

- Crom... - Dijo invocando el nombre de su dios.

Ella lo miró de reojo y sonrió.

- Magia. - Contestó.
- ¡Eres una maldita bruja! - Exclamó sin elevar la voz.
- Todavía no, pero lo seré. Pero tranquilo, no seré una bruja negra.

Conan detestaba la idea de estar acompañado de una bruja. Había tenido malas experiencias. Pero, otra vez aconsejado por Crom, no la degolló inmediatamente como hubiera hecho.

Llegaron hasta una abertura tallada en la roca. Esa debería ser la entrada.

- Entiendes que si llegamos hasta aquí es porque Saurus nos está dejando pasar. ¿Verdad?
- ¡No! - Dijo ella. - Hemos sido nosotros que hemos hecho todo a la perfección.

La miró con cara de desaprobación. Ella apretó los labios y asintió.

- Saben que los esperamos. - Dijo Saurus golpeando el espejo de agua, de un recipiente en el centro del salón, que le mostraba al cimerio entrando en su fortaleza.

Zenobia se retiró

- No aparezcas. - Dijo el mago.

Saurus se instaló en su trono y a los pocos minutos fue encontrado por Conan y Casiana.

- ¡Aquí estoy! - Rugió Conan enfurecido. Casiana retrocedió. La bravura de su compañero la atemorizó más que Saurus mismo.
- ¿Porqué te demoraste tanto? - Preguntó el mago amablemente. - Ya pensé que no vendrías.
- ¿Dónde está ella? Te cortaré la cabeza bastardo.
- Todo a su debido momento. Para que te encuentres con ella primero deberás hacer algo para mí.
- ¿Crees que seré tu sirviente? Antes muerto.
- Tu puedes conseguir algo que yo quiero. Mis trolls son muy estúpidos, dijo señalando una pila de baratijas, evidentemente traída por los trolls. - Verás, estoy buscando algo muy especial. Es una medallón. En el centro tiene un rubí. Es muy importante para mí. Traémelo y tendrás a tu amada.

Casiana se tomó el pecho. Intentó ocultar su medallón, pero era tarde.
El mago explotó en carcajadas.

- Ya lo habéis traído. - Su satánica risa inundaba el salón. - Nunca nadie me ha complacido tan eficientemente. Bueno, si no tenemos en cuenta a tu querida Zenobia.

La cara de sorpresa de Conan, mezclada con la ira y el dolor enseñó su malestar, al ver a Zenobia caminar hacia el mago.

- Lo siento. Prefiero gobernar a la derecha de un mago y no morir junto a un cimerio.
- Yo nunca te hubiera dejado morir.
- Dejaste que me secuestre un buitre... - Dijo contradiciendo su aseveración.
- No. - Dijo Conan. - Tú caminaste hacia él mientras yo aniquilaba a los malditos trolls que Saurus había enviado sobre nosotros. Siempre estuviste de acuerdo con él. Ahora lo comprendo.
- No eras tan estúpido...

Saurus interrumpió la disputa

- Como eres muy cabeza dura, no entregarás fácilmente lo que me pertenece. Así que iré por ello.

Tras decir estas palabras su piel comenzó a oscurecerse, se formaron escamas donde antes había carne. Sus ropas se arrancaron a jirones. Su tamaño aumentó. Un par de alas se abrieron paso en su espalda. Una cola aguijonada se extendió detrás de él. Su apariencia de dragón fue confirmada al escupir fuego.
Conan desenvainó.

- ¡Siéntate! - Le gritó. - Pero el dragón solo escupía más fuego y avanzaba.

Casiana sintió como su medallón se hacía más pesado. Se calentaba. Apenas alcanzó a quitárselo antes de que se convierta en un imponente escudo.

- ¡Conan! - Gritó ella. - Esto es para tí.

Todavía no entendía donde podía ella haber encontrado semejante escudo, pero no tardó en tomarlo y protegerse detrás de él.

El fuego castigaba el duro metal. Era tal el caudal de fuego que alcanzó a quemar su brazo y costado derecho. El escudo aumentó su tamaño. Le presión lo empujaba hacia atrás, ya sobre su rodilla izquierda, agazapado tras su protección, detuvo su retroceso.

Una explosión cimieria de energía asesina corrió dentro de sí, empujó el escudo, el calor era abrasador, llegó hasta la bestia y por debajo del escudo dio un espadazo preciso que cortó una pata del dragón.
El rugido que largó interrumpió la llamarada y el perder el punto de apoyo que le brindaba la perdida extremidad lo hizo caer sobre Conan. La presión fue bestial, sintó como crujia su rodilla y el dolor le retorcía la cara.

- ¡Por Crom! - Exaló pronunciando el nombre su dios una vez más.

Perdió su espada. La bestia lo arrastraba derramando su propia sangre roja como la lava sobre él. Alcanzó su tan preciada daga y la usó para treparse sobre la bestia, ninguna de las laceraciones parecía detener el poder arrasador del dragón.
Zenobia contemplaba petrificada.

Fue cuando esta a punto de caer de la espalda del reptil alado cuando le perforó el ojo derecho.
Conan cayó. El dragón sacudió la cabeza intentando desprenderse de la daga que lo cegaba y dio un salto hacia atrás ayudado por su alas, su tremenda masa fue mucho para el cuerpo de Zenobia que fue aplastada y encontró la muerte instantáneamente.
Conan se arrastró hasta su espada, consiguió pararse y al girar sobre si, pero lo encontró una mandíbula perfectamente armada con filosos dientes y colmillos que se enterraron en su brazo izquierdo hasta llegar al hueso.
Quemado, con el brazo mutilado, la rodilla dislocada y pocas fuerzas restantes, hundió su acero en el punto más débil de su adversario, la garganta, la potencia brutal con la que lo hizo le permitió empujar su espada hasta que la punta saliera por el otro lado.
El asqueroso reptil, convulsionando, cayó al suelo. Lentamente comenzó una metamorfosis que lo llevó otra vez su forma humana.
Conan todavía enardecido tomó su espada, la arrancó del cuello mal trecho y terminó de degollarlo. Como prometió.
Luego, cayó sobre su costado.

La sangre de la bestia todavía lo cubría cuando la fortaleza comenzó a temblar. Grandes pedazos de mármol caían del techo. La ahora inexistente magia del mago ya no podía sostenerla en pie.

Casiana gritaba su nombre.

- ¡Conan! ¡Vamos nos de aquí! ¡Este lugar se derruba!

Con el mismo tono mandón de siempre le dijo que se fuera sola, que él ya había llegado al final de su camino. La sangre seguía brotando de sus heridas y poca ya le quedaba. Su color se asemejaba al del mármol sobre el que yacía más que al de Casiana.

Conan la dejó.

Poco tiempo quedaba antes de que el recinto se reduzca a escombros.
El escudo que otra vez tomaba la forma de un medallón se le acomodó en el pecho colgando de su cuello.
Corrió y alcanzó el bote, susurró sus palabras y la piedra otra vez iluminó toda la gruta con su fulgor.

Una vez en la orilla ella se acomodó las ropas, respiró hondo y siguió su camino. Todavía quedaba mucho por venir.

lunes, 11 de abril de 2011

Algo nuevo

- Quiero algo nuevo. - Dijo como creyendo descubrir que era lo que buscaba.
- Y sí. Escoba nueva siempre barre bien... Nos vemos mañana. Abrazo. - Y cortó el teléfono.
- Abrazo. - También cortó.

Nicolás era un buen amigo. De pocas palabras, pero las correctas. No por la conversación de recién, si no por las que siempre tenían.

Al otro día en la facultad, casi sin recordar la conversación de la noche anterior se encontró a si mismo mirando a una compañera.
Sonia era una chica bastante linda. Podría intentar la típica de estudiar.
Se acercó le hizo tres preguntas de las cuales la tercera fue:

- ¿Nos juntamos a estudiar?

Ella lo miró con una sonrisa algo tensa y contestó que sí.

Se sintió el peor cuando se dio cuenta que ella le miró las manos luego de abrir la puerta y que las tenía vacías. Ya era tarde. Por suerte Ivonne estaba preparada para una tarde de estudio de su hija y se encargó de la parte gastronómica del asunto.

La verdad es que el estudio resultó mejor de lo esperado, pero el interés casual que tenía por Sonia, ya se estaba desvaneciendo. No se sorprendió.
Lo que si lo sorprendió fue la invitación de ella a volver a juntarse en la semana.
No dijo que día, pero la intención estaba.

Al otro día no la vio en la facultad. Después de una invitación abierta, de que ella no se presentó y de que la casa era cerca, le pareció que no era tan mala idea pasar a dejarle los apuntes del día. Todavía no sabía por que lo hacía.

Tocó el timbre, la puerta se abrió y subió.

- Hola. - Dijo Ivonne con mucha actitud.
- Hola. - Contestó.

Eso sí que iba a ser algo nuevo.