miércoles, 15 de diciembre de 2010

"Sé tú mismo"

juaaaaa cuantas películas de los 80 nos transmiten ese mensaje!! No quieras parecerte al chico popular de la escuela que es el más campeón. Si lo tuyo es hacer casitas con palitos de helado desteñidos a través de tus anteojos de culo de botella, se feliz y hazlo!
Paparruchadas!! A quien quieren engañar?? Hacer eso no es nada fácil, de hecho, ser uno mismo es dificilísimo.

Para realmente poder ser y hacer lo que uno quiere y que le chupe un huevo lo que piensa el otro hay que ser de titanio, inerte y con una batería en el culo. O ser un groso posta de la vida con muchos años de experiencia y así y todo no debe haber muchos. Pero bueno, eso es lo que pienso yo, en un acto de arrojo inconsciente hacia mis propias ideas.

Capaz con el tiempo se podría alcanzar un grado razonable de "uno mismez" y fluir un poco más relajadamente por la vida. Habría que ver cual es el precio que la sociedad nos hace pagar. Porque ser uno mismo es ser distinto, y ser distinto tiene su precio. Alto por cierto.
El que tenga una billetera gorda en el pecho, que lo pague. Debe ser como comprarse alas.



“Hagan como yo, ¡y no me imiten!”. - Jacques Lacan (Al que crea que lo entendió, por las dudas, léalo otra vez).

domingo, 5 de diciembre de 2010

La Casona de Von Veltheim

No importaba que sea una de esas carrozas nuevas con suspensión, los caminos de tierra siempre hacían el viaje movido e incómodo.
Las nubes como inmensas montañas arremolinadas ya cubrían el cielo amenazante. La débil luz del candelero iluminaba pobremente el camino. Los árboles desnudos, desprovistos de hojas y de apariencia de vida, cual guardianes custodiaban las fronteras laterales de la senda. Su lúgubre aspecto desalentaba cualquier intención de adentrarse en ese bosque sombrío.

Pronto deberían buscar refugio, pues la noche iba a ser muy dura, sobre todo para los animales.

- ¡Señor! - Dijo la voz del conductor. - ¡Veo una luz en la ladera, voy a dirigirme hacia allá en busca de hospedaje!

El señor Vladimir casi no pudo distinguir las palabras del fiel Dimitri, el viento arreciaba y ya estaba disparando gotas gordas contra todo lo que se interponía en su camino, ya sean caballos, la carroza o el rostro marcado de cicatrices que portaba Dimitri. La vida había sido bastante más dura con él que con Vladimir, o su esposa Astrid para el caso, pero desde que servía para el señor, las cosas iban mejor. De todas formas esa noche estaba preocupado. Sabía que esos caminos eran muy poco transitados y que él era el responsable de la seguridad de la carroza y sus pasajeros.

La casa era imponente. Dos torres redondeadas se levantaban a los lados terminando en larguísimos picos. Estaban unidas por una estructura de tres pisos de alto con techo a dos aguas, con pendiente hacia el frente y hacia la parte trasera. Dimitri se preguntaba cuan grande sería detrás. La puerta de roble macizo debería pesar cientos de kilos. Más que una casa es un castillo. Sólo que tenía tejas y paredes de cemento pintadas de blanco, aunque en muy malas condiciones. Pero definitivamente recordaba la imagen de un castillo. Probablemente un lindo día no tendría la apariencia de ocultar algo, como lo hacia esa noche.

Levantó la pesada aldaba de bronce y la acompañó hasta abajo haciendo sonar la puerta. No era posible golpearla con los nudillos y que se percibiera un mayor sonido del que se podría hacer golpeando un árbol. Menos esa noche de vientos y truenos furiosos.
Ya quería hacerla sonar otra vez, no es que sea impaciente, pero era muy probable que nadie lo haya escuchado. Se estaba conteniendo cuando escuchó el golpe de un cerrojo de pesado metal detrás. O eso creía haber escuchado.
La puerta se abrió lentamente. Solo una de las dos hojas que la conformaba.
La luz dejaba ver un señor muy avejentado, con un traje marrón, roído y gastado, pero que estaba perfectamente abrochado y planchado. Era una combinación de elegancia y desfachatez.

- Disculpe la molestia señor mío. - Estoy escoltando al honorable Vladimir Petrauskas y su esposa. Necesitamos un lugar donde pasar la noche. ¿Podría recibirnos? Será bien pago.

El anciano lo miraba con ojos cansados. Sus párpados inferiores dejaban ver su rojiza parte interna. Miles de pequeñas arterias recorrían sus ojos azules. Dimitri hizo un gesto con la cabeza como indicando que ya había concluido y que esperaba una respuesta. Pero el anciano seguía mirándolo inexpresivamente. Tal era el nivel de inexpresividad y pesadumbre de la cara del portero que Dimitri quería pegar un grito sólo para ver si reaccionaba o si su estado era imperturbable.

- Lleve el carruaje al granero. Daré aviso de su llegada. - Dijo luego de una eterna espera que ya había crispado al noble Dimitri.

Era menester soltar a los caballos que estaban agotados, pero no le gustaba nada la idea de dejar a Vladimir y su mujer en la entrada del castillo. Con la lentitud del portero podrían mojarse completamente esperando que les abran la puerta.
Una vez que el señor y la señora entraron dirigió el carruaje hacia el granero, donde se escondió bajo el techo como una liebre de pelaje marrón en su madriguera a la espera de mejores condiciones.

El anciano se presentó a sí mismo como Sixfrid.
Vladimir y Astrid hicieron lo propio. Fueron escoltados hacia los que serían sus aposentos esa noche. Dejaron en claro que Dimitri debería ser tratado con la misma consideración y se encargaron de recalcar que su atención sería bien paga, pero Sixfrid no contestó a ninguno de esos comentarios y continuó como si nadie hubiese hablado. De hecho, Sixfrid sólo habló para presentarse.
El anciano hizo una sutil reverencia que indicaba su silenciosa retirada.

- Discúlpeme. - Dijo Vladimir con su respetuoso y carismático tono. - Estaríamos halagados de conocer al propietario de esta hermosa residencia. Si fuera posible querríamos cenar con él y escuchar la historia de éste lugar que de seguro será muy interesante.
- Lo es. - Dijo Sixfrid mientras cerraba la puerta delante de sí.
- ¿Viste eso? ¡Se fue! Espero que haya comida de este siglo por lo menos. - Astrid sonrió y estiró los brazos. Valdimir se acercó la abrazó y la levantó mientras la besaba. Nunca habían perdido la pasión. Dimitri cada vez que los veía pensaba que era ayer que se acababan de enamorar. Era como si siempre estuvieran en esa primera etapa del amor donde les brillaban los ojos al hablar uno del otro, pero a su vez con la solidez de una pareja eterna.
- Espero que Dimitri reciba una buena recepción. Voy a asegurarme de que su habitación sea cómoda.
- Ya lo sé amor. Siempre lo haces.
- Y bueno, el guía nuestra carroza ¡debe dormir bien! - Dijo entre risas. Pero era verdad, todos debían descansar apropiadamente. Si bien Dimitri era su empleado más leal, también era su gran amigo. Vladimir le dio muchas oportunidades de independizarse o hacer otros trabajos. Pero el sentido del deber de Dimitri, que fue salvado de las frías y cortantes garras de la muerte por Vladimir, lo llevaban a guiarlo en todos sus viajes asegurando su integridad y la de su amada. Sentía que era su deber, ya que debía su vida al honorable Vladimir.

La mesa también de roble, y seguramente también tremendamente dura y pesada, estaba cercada por catorce sillas. Las que se encontraban en las cabeceras tenían apoyabrazos y detalles de finísima terminación. De hecho, todos los muebles eran antiquísimos y el paso del tiempo había sido despiadado con ellos, pero la excelencia en los materiales utilizados era algo que llamó la atención de Vladimir desde que entró en la residencia.

- El señor se unirá a ustedes en breves minutos. Pidió que por favor sean tan amables de excusar su demora.

Sixfrid no dio más explicaciones y se alejó. Por ahora no había novedades del buen Dimitri que la pareja esperaba también para cenar. La frialdad del portero dejó a Vladimir con las ganas de preguntar por su amigo, puesto que no pudo hacerlo.

El fuego de la chimenea ardía con gran intensidad, no se podía estar cerca, pero el salón era tan grande que de todas formas hacía frío. Además estaba mal iluminado. Se ve que la economía del propietario no se encuentra en su mejor momento - Pensó. - Probablemente esta casa haya sido heredada, pero ya no la puedan mantener.

Del otro lado de la habitación se escuchó abrir una puerta y un leve crujido. Casi imperceptible. Eran los pasos lentos pero firmes de un hombre mayor, pero con energía. Vladimir lo pudo confirmar por el apretón de manos que le dio.
El hombre se presentó cálidamente y con una cortesía digna de la realeza saludó a Astrid y los acompañó a la mesa. Antes de que Vladimir exprese su preocupación por su amigo, Von Veltheim, le dejó saber que su guía ya había recibido alimentos y se encontraba descansando en unos cómodos catres para el personal doméstico. Vladimir no estaba muy conforme con la respuesta, pero la amabilidad con la que se lo dijo lo dejó sin muchas posibilidades de comentar su inquietud. No quiso parecer descortés.

La comida no estuvo mal, pero se notaba que, si bien debería haber habido una época de abundancia, esa ya era historia pasada.
Vladimir estaba acostumbrado a grandes banquetes. De todas formas sabía apreciar un simple plato de arroz con la misma clase que un pato a la naranja.

No hubo señales de ningún otro personal de servidumbre. Era muy raro que la misma persona que abra la puerta sea la que los escolte a sus recámaras, los lleve al comedor y trajera la cena. ¿A lo mejor sería el único integrante del personal de la residencia? - Se preguntó Vladimir.

Ya estaban aseándose y preparándose para acostarse cuando se escucharon golpes. Era como si alguien golpeara con un artefacto de metal contra las paredes o el suelo. Eran golpes contundentes, espaciados por varios segundos. Astrid seguía hablando como si nada, pero Vladimir podía percibirlos con claridad. Levantó la mano con el índice hacia arriba e hizo un leve chistido. Su cara era seria. Astrid estaba por hacer un chiste haciéndose la que no se daba por aludida ante semejante falta de respeto, pero la cara de su esposo era determinante y supo que no era momento para bromear.
Los golpes seguían. Ahora que se permitió a sí misma escuchar, entendió que era lo que había llamado la atención de él. Las cejas fruncidas la pusieron nerviosa.

- ¿Qué es? - Preguntó ella entre intrigada y asustada.

No le contestó y giró levemente la cabeza, como intentando apuntar su oído en la dirección de donde parecían provenir los golpes. El problema era que cada vez que se escuchaban daba la impresión de que venía de las entrañas mismas de la casona.

- ¿Dónde estará Dimitri? - Preguntó a Astrid, sabiendo que ella no conocía la respuesta, pero dejando ver su descontento con la situación. - No me gusta esto de no haber sabido nada más de él. Y ese Sixfrid parece un alma en pena. Como si fuera tan antiguo como esta casa misma, y tuviera una maldición. - Poco sabía Vladimir de lo ciertas que eran sus palabras.

Sixfrid estaba maldito. Había entregado su alma a cambio de la vida de su hija, la cual siempre le recordaba a su madre, que murió al dar a luz. De poco sirvió, ya que ella, se entregaba a cualquier hombre que se le propusiera y poco tardó en quedar embarazada vaya uno a saber de quién. Lamentablemente ella y el niño, que sería su nieto, murieron por complicaciones de la naturaleza que para la época entrañaban misterios incomprensibles.
Los ojos de Sixfrid no transmitían un vacío, no eran inexpresivos como pensó Dimitri. Eran la viva, o en realidad casi muerta, representación de siglos de dolor y ancianidad acumuladas. Soledad. Sus ojos eran testigos de miles de atrocidades cometidas por la mano su amo Von Veltheim, o las manos que él dominaba. Junto con su maldición de una eternidad de servidumbre, además se incluía su incapacidad de dormir. Sixfrid no podía dormir, de esa forma, siempre estaría listo para servir a su amo. Su vida misma era una maldición. Lo que más lo atormentaba era que cuando su hija murió, entendió que Von Veltheim siempre supo que ella moriría, pero se aprovechó de la situación para conseguirse un sirviente. Su cuerpo estaba vivo, pero su corazón había muerto añares atrás.

Los golpes cesaron. Vladimir se preocupó más por eso. Si era Dimitri y dejó de golpear, a lo mejor es porque ya no puede. La situación no le gustaba nada. Tenía un gran sentido de la intuición y sabía que las cosas no estaban bien. La excesiva cortesía del dueño de casa lo había incomodado. Se sentía como un pato que estaba siendo engordado para llenar mejor la bandeja de plata que lo llevaría a la mesa de un palacio una noche de gran festín.

- Ahora vuelvo.
- ¡No! - Exclamó ella mientras él cerraba la puerta tras de sí.

Corrió hacia la puerta y su corazón casi se detuvo cuando la vio abrirse repentinamente.

- No salgas por nada. - Dijo él, y volvió a cerrar la puerta.

Se quedó de pie en ese mismo lugar durante unos instantes. Esperando que la puerta se abra y todo esté bien otra vez. O que por lo menos deje de estar sola.
Pero eso no sucedió. Se sentó en la cama mirando hacia la entrada del dormitorio esperando por la vuelta de Vladimir.

Los pasillos estaban oscuros. Los fuertes golpes ya no se escuchaban, pero podía escuchar un sonido que parecía el de cadenas pasando por una argolla de acero.
Bajó lentamente por la escalera, la baranda de madera pulida guiaba su mano nerviosa. La tensión recorría su cuerpo contracturando su espalda.
Llegó a la planta baja, los sonidos se seguían escuchando, cada vez estaba más seguro de que eran cadenas.
Entró en la inmensa cocina y supo que la puerta más fuerte era la que escondía la verdad de los sonidos que se habían escuchado esa noche. Huellas de zapatos mojados indicaban que no hacía mucho que alguien había entrado por ahí.
Destrabó los cerrojos y abrió la puerta. Las oxidadas bisagras dieron aviso de su presencia. La escalera era de piedra. Se veían algunas sombras movedizas producidas por antorchas encendidas. Con resignación y sabiendo que nada bueno iba a salir de ahí, comenzó el descenso. Miró hacia arriba en la dirección aproximada de a donde él pensaba que se encontraba el dormitorio que albergaba a Astrid, casi como sabiendo que ella también lo miraba y de cierta manera, como pidiéndole perdón por dejarla sola y hacer lo que él sabía que debía. Buscar a Dimitri.
Llegó al primer subsuelo. Los eslabones de las cadenas no cesaban de golpearse entre sí y contra el suelo.
Apoyando la mano en la pared de húmeda piedra asomó la cabeza hacia una cámara de donde provenían los sonidos.
Dimitri estaba completamente ensangrentado. Tenía cortes profundos por todo su cuerpo. Pero de todas formas seguía de pie. Tironeando de las cadenas buscando liberarse.
Vladimir lo miró y su alma se llenó de dolor. Probablemente mucho más del que sentía Dimitri. Nunca en su vida se iba a perdonar haber permitido que le hagan eso.

- Dimitri. - El nudo en su garganta no le permitía hablar. - ¿Que te hicieron?

Su amigo lo miró. Negó sutilmente con la cabeza.

- No pude avisarte. Sus ojos brillosos delataban sus sentimientos. - Te he fallado mi amigo. A ti y a ella.
- ¿De qué hablas? Yo soy el que te he fallado a ti. Mira el estado en el que estás. Tengo que sacarte de aquí.
- Corre. Vete ya. Ella está en peligro. No la dejes sola.

Vladimir se quedó mirándolo a los ojos. Sabía que romper esas cadenas iba a ser muy difícil.
- Ella está bien, la dejé en su habitación y le dije que no saliera por nada. ¿Quien te hizo estos cortes? - Preguntó inundado de ira.
- No son cortes. Son marcas de garras y mordidas. Tienes que irte ahora mismo.

Las fuerzas lo estaban dejando, la sangre seguía brotando de sus heridas que no parecían coagular.

Se escuchó un gruñido grave y profundo. La cara de Dimitri que veía lo que pasaba detrás de él no le dejaron dudas de que algo amenazante estaba casi encima suyo.
Lentamente giró la cabeza y antes de terminar de entender que era la silueta negra, enorme, peluda y nauseabunda que se erguía dos metros en la entrada de la cámara donde se encontraba, vio pasar a Dimitri sosteniendo un adoquín de pierda que había conseguido extraer del suelo. Golpeó a la bestia en la cabeza y se escuchó un aullido que llenó todas las habitaciones de la casa.

- Corre. ¡Sálvala! Sólo importa ella.

Vladimir siempre supo que Dimitri también estaba enamorado de ella, pero nunca dijo nada. Astrid era una mujer encantadora y era muy difícil no caer rendido ante ella.
No se podía mover, el miedo y la sorpresa le arrancaron el aliento y la voluntad. Estaba petrificado.
La sangre de su amigo salpicó su rostro. La bestia le acertaba zarpazos que arrancaban su carne. Vladimir no podía reaccionar.

- ¿Qué haces?... ¡Vete! - Alcanzó a decir con sus últimas fuerzas. Ya no temía por su vida. La angustia no era morir. Era ver a su amigo inmóvil. No le importaba morir por él, pero no se permitiría morir en vano.

El animal arrojó el cuerpo magullado contra la pared y dirigió su hocico en sentido hacia Vladimir. Se quedó mirándolo fijamente. Gruñía entre dientes. Sólo interrumpía sus sonidos para relamerse la sangre.

Vladimir retrocedió y la bestia comenzó una lenta aproximación.

Dimitri no lo iba a dejar morir, alguien tenía que salvarla a ella. Se levantó, casi fuera de sí, con los ojos perdidos. Lo atacó por detrás y pasó la cadena por sobre la cabeza de la bestia.
Le puso un pie en la espalda y tiró de las cadenas con las fuerzas que le quedaban buscando ahorcarlo. Soltó un grito de dolor y muerte.

- Correeeeeeeeeeeeeeeeee!!!

La bestia tomó la cadena con sus garras y giró enfrentando a Dimitri. Le propinó un zarpazo tremendo que terminó arrancándole la cabeza. Su cuerpo inerte cayó de rodillas y luego hacia un costado.
Vladimir ya había vuelto en sí. El horror apretó su garganta.
Corrió. Corrió tan rápido como pudo. Detrás de él venía el asesino de su amigo.
Los escalones pasaban y la puerta al final de la escalera se le acercaba. La golpeó con el hombro y entró en la cocina a toda velocidad. No quería mirar para atrás. No hacía falta, los sonidos que emitía le bestia al golpear con todo lo que se encontraba a su paso, su respiración y gruñidos daban señal de su tenacidad en la persecución.
Cerró la puerta de la cocina y sintió como la bestia se golpeaba con ella. Volteó y vio como la puerta se había partido y estaba cediendo. Eso sólo lo detendría unos minutos, o menos.

Astrid no se movió ni un centímetro cuando él entró violentamente en la habitación. La tomó de la mano y tiró fuertemente de su brazo. Ella seguía sin reaccionar.
Llegó hasta la ventana, la abrió y la hizo pasar a ella primero. Quedaron los dos sentados en el tejado bajo una pesada lluvia que los golpeaba insensiblemente.
Vladimir la tomó de los hombros y le dijo que pase lo que pase, no mire hacia atrás, que deberían correr.
Ella parecía no entender lo que pasaba, era como si estuviera bajo el efecto de alguna droga.

- Von Veltheim vino a visitarme a la alcoba mientras no estabas.
- ¿Pero qué dices?
- La puerta se abrió y él entró. Sus pies no se movían, sólo avanzaba como flotando sobre el suelo. No pude hacer nada para evitarlo. Cuanto lo siento mi amor. Perdóname. Mi cuerpo no respondía. Yo quería gritar y escaparme, pero no pude hacer nada. El me tomó. Dijo que voy a ser la madre de su hijo. Que moriré cuando nazca. Que era mi destino. Luego se fue.

Vladimir había estaba fuera sólo unos minutos, no era posible que haya sucedido todo eso en tan poco tiempo. Ella estaba perfectamente vestida como cuando la dejó.

- ¿Qué estás diciendo? ¡No sabes lo que dices! Eso no puede haber sucedido. Estuve fuera poco tiempo.

Ella lo miró y torciendo levemente la cabeza apretó los labios y levanto sus hombros. Tampoco entendía, pero él supo que de algún modo era verdad. O que por lo menos ella estaba segura de sus palabras. Había sido invadida por Von Veltheim y su marca la iba a acompañar por siempre.

Se deslizaron por el tejado hasta el borde, bajaron por el caño de desagote que se apoyaba en la pared hasta el suelo. Corrieron hasta el granero. Ella entró primero y él miró la casa antes de entrar. Un rayo que tronó violentamente en ese mismo momento le mostró a la bestia saliendo por la ventana del que había sido su dormitorio. En poco tiempo les daría alcance.

Los caballos estaban exaltadísimos. Fue muy difícil montarse sobre ellos en esas condiciones, y más sin montura alguna. Ambos salieron a galope tendido. La bestia los seguía dando unas zancadas tremendas.
Los fuertes caballos, a pesar del trajín del día, les permitieron escapar con vida. El bosque los devoró.
Vladimir abrió los ojos de golpe. El cielo ya estaba aclarando. Ella estaba recostada sobre él. Completamente pálida. Sus labios estaban azules.
No había señal de los caballos.
La cargó en su hombro y comenzó a caminar.
La casona ya no estaba lejos. Llegó hasta la puerta. La hizo sonar.
Sixfrid la abrió.

- Quiero verlo ahora.

Lo dejó pasar y lo guió al salón de lectura donde se encontraba Von Veltheim.
Luego se retiró sigilosamente dejándolos solos.
Vladimir descargó a su esposa sobre un diván.

- ¿Qué quieres a cambio de su vida?
- Siéntate y charlemos. Seguro llegaremos a un acuerdo.


lunes, 29 de noviembre de 2010

Sopa de letras

Capítulo I

Ésta es la historia de Joaquín y Ángela, dos jóvenes que la vida llevó a estar juntos. Todo empezó una tarde de primavera, cuando ya faltaba poco para el verano y los días ya empezaban a estar medio calurosos, pero las noches todavía estaban un poco más frescas.
Sus vidas a simple vista eran muy parecidas. Los dos trabajaban, estaban terminando sus carreras y tenían muchos amigos. Pero ellos no eran iguales, claramente, uno era varón y la otra era mujer. Además de esta gran diferencia, él era inteligente y emprendedor, ella era perseverante y cariñosa. Pero sin embargo y a pesar de estas diferencias, sí había algo que tenían un común, y era un amor creciente el uno por el otro. Él lo consideraba un amor sincero y simple, ella sólido y confiable. Pero de todas formas, se trataba del mismo amor, que a decir verdad, era esas 4 cosas, y más también.
El momento en que se conocieron podría decirse que fue un evento fortuito, no más que una mera casualidad, o tal vez, un plan del destino minuciosamente elaborado hasta él más mínimo detalle, como sea, todo comenzó esa tarde.
No importaba si ellos jugaban en el mismo equipo o si esas largas horas de TEG, dígalo con mímica, pictionary o el que sea, lo pasaban en equipos contrarios. Todos los presentes siempre podían disfrutar, o envidiar, ese ambiente de conexión y miradas que los envolvía. Que los unía. Pasaron dos veranos y el sol cada día brilla más alto.
Lamentablemente el padre de ella, tenía mucho más que dos veranos en su haber y los que tenía, le pesaban. Enfermó y poco faltaba para que su días entre los mortales llegara a su fin.
Quizá una mera casualidad, quizá esto también era parte de ese plan del destino, pero pocos días después de que el padre de Ángela enfermara, Joaquín recibió una excelente propuesta por parte de su jefe. Ese día llovía.

- Nueve meses?
- Sí, pero te cubrimos los gastos a vos y a tu novia. Se puede ir los dos. Londres aparte, no te podés quejar. Cuantas veces una firma europea nos pidió una implementación así?
- El tema es que el padre de ella está muy mal, y no se va a querer ir, es todo un... - Su jefe lo interrumpió como solía hacer. - Si si, ya se, un tema. Pero esto es groso, te volvés y te comprás media casa o un depto. Donde la viste? Pensalo, si no vas vos lo mando a Manuel, pero te necesito a vos ahí. Es una oportunidad grosa para la empresa, para mí, para vos y para ella también. No estabas pensando en casarte? Ya le preguntaste?
- No no, no todavía no. No quiero apresurar las cosas.
- Bueno apresurá la decisión porque estoy jugado. Fijate que querés hacer, confirmame en cuanto puedas porque haberme quedado sin Proyect Manager en este momento es muy heavy para la implementación.

Ya lo tenía todo pensado y armado. Había comprado un librito de pasatiempos, armó una sopa de letras con la computadora, sacó los ganchitos y agregó la hoja al librito, era una obra de arte de la falsificación. La idea era completarla juntos y cuando la hayan completado toda se leería una frase, “Te querés casar conmigo Angie?” Hasta tenía la interrogación en el casillero D13, “Signo utilizado en la escritura para representar la entonación interrogativa de un enunciado”. Había pensado hasta el último detalle. Las palabras más difíciles eran las que podrían revelar el mensaje antes de que la sopa de letras esté completa, de modo que sólo las completarían al final, salvaguardando el mensaje hasta que la sopa de letras esté casi completa por lo menos.

- Nueve meses. Cuando vuelva, nos podríamos comprar un departamentito. Que decís?
- Pero una semana es muy poco, no podés irte más adelante.
- El Proyect Manager que se fue dejó todo colgado, hay que mandar a alguien si o si, y si ese alguien voy a ser yo, me tengo que ir en una semana.

La conversación siguió por varias horas. Pensaron lo difícil que sería estar separados, lo duro que sería para ella si su padre muriera y él no la pudiera acompañar, todo lo que se extrañarían, la diferencia horaria complicaría la comunicación. Pero sin embargo la posibilidad de comprar un lugar en el que vivir juntos no se podía dejar pasar. Londres era su destino.
Toda esa semana Joaquín se la pasó pensando si era hora de resolver la sopa de letras junto a ella o si lo dejaría para su regreso.

El avión salió tarde, como suele suceder. La espera en el asiento turista se hizo tan larga como era de esperarse. Sacó la notebook, acomodó el librito de pasatiempos, no era prudente dejarlo en su casa en un cajón, y se puso a jugar al solitario.

Los días pasaban como rayos, pero las noches eran lentas películas mudas que inundaban su mente y corazón con un vacío en blanco y negro.

Se aproximaba un fin de semana largo y la idea de su novia cada día lo convencía más. Salir el viernes a la tarde y volver el domingo por la noche. Hacía tiempo que quería conocer Vienna, y estando en Europa, tenía las cosas bastante fáciles.
El resto de la semana fue un poco más colorida y las noches planeando los lugares que iba a visitar no fueron tan pesadas.

El mismo día que llegó se dio cuenta que era una ciudad diferente, pero a su vez, muy similar a Londres. Siempre había hecho todo de acuerdo al plan, casi sin cuestionarlo, así que se sintió muy raro mientras caminaba a la estación de tren para cambiar radicalmente su destino.

Praga era una ciudad con historia en cada esquina. Verdaderamente los cientos de años vida que tenía no habían pasado en vano. Ahora si estaba conociendo una ciudad distinta.
Caminó sin rumbo hasta llegar al Charles Bridge y se acercó a la estatua de John of Nepomuk.
Su historia estaba grabada al pie. La leyó y la repitió como si se la contara a Angie:
“Es una estatua de bronce, se dice que todo el que la toque va a volver algún día. En la parte donde todo el mundo toca, el bronce brilla, como si estuviera pulido, el resto está oscuro y castigado por los años. John of Nepomuk es ahora un santo patrono de los checos que murió ahogado en el río cuando fue arrojado vestido con su armadura por Wencesaleo IV por negarse a develar las confesiones de la reina, ya que él era su confesor. Todo esto a mediados del 1600”.

- 1600. - Se dijo. - Las ciudad de esta parte del mundo si que tienen años de historia.

El resto del día transcurrió y las fotos se sucedieron una tras de otra. Que gracioso va a ser cuando le mande mails a Angie desde aquí, si que se va a sorprender. - Pensaba mientras caminaba.
Ya era de noche, Praga no es precisamente una las ciudades más seguras. Así que enfiló para el hostel atento a algún restaurante que lo seduzca por el camino.
El Karlova Mostu lo consiguió. Es un restaurante en una saliente sobre el río. La mesita al aire libre regalaba una vista nocturna de Praga digna de una de las mejores postales.
No supo bien que era lo que comió, pero dejó su estómago contento. El hostel donde iba a pasar esa noche estaba todavía a unas 18 o 20 cuadras. En pocos minutos podría tomar una ducha y acostarse temprano que ya el siguiente era su segundo día y todavía quedaba mucho por recorrer.

Por alguna extraña razón, se encontró a sí mismo algo nervioso. Quizá la falta de gente por la calle que transitaba lo hacía sentirse fuera de lugar. Se convenció de que estaba todo en su imaginación y giró a la derecha. Mala elección.
Tres hombres se lo encontraron de frente. Dos de ellos se miraron entre si y mostraron rápido interés por su cámara de fotos. Le decían en un inglés muy acotado que le querían sacar una foto con su cámara e intentaban tomarla entre tímida y decididamente.
Joaquín dejó claro que no iba a entregarla. Instantáneamente le acertaron un golpe de puño en el oído. Perdió el equilibrio y cayó golpeando su cabeza con un escalón de piedra de una simpática y pintorezca casita típica de la zona.
Los hombres tomaron la cámara y su mochila, y con la misma espontaneidad con la que aparecieron, hicieron lo contrario en las oscuras callecitas aledañas.

Capítulo II

Al principio todo estaba borrosamente blanco. Luego pudo entender que lo que había sobre él era un lámpara, que estaba en un techo. Su cama también era blanca y Astrid, la enfermera que estaba a su lado, también vestía de blanco.

- Hello. I am Astrid. I am your nurse.

El inglés de Astrid era bastante bueno. Fácilmente pudo explicarle que llevaba una semana en el hospital, que había recibido un golpe en la cabeza y que no tenían ningún dato de él. Que necesitaba que les indique su nombre e información referente a su persona.
El problema era que no tenía ni la menor idea de cual era su nombre. En donde estaba o tan siquiera, quién era él.

Dos semanas después recibió el alta. Y eso si que era un problema. No tenía dinero, casa o nombre. No era ni tenía nada.
Astrid no había hecho antes una cosa semejante, nunca había entablado una relación con alguno de los pacientes. A decir verdad, era bastante fría inclusive. Pero con Joaquín fue distinto desde que lo vió. Algo en él despertó su interés. Quizá era porque a diferencia de los pacientes que solían pasar por ahí, de él, no se sabía nada. Era misterioso.
No tardó ni un segundo en aceptar la invitación de ella de quedarse en su casa uno días. Era un joven inteligente y entendía claramente lo complicado de su situación. No podría rechazar una propuesta como esa.
Ambos estaban sorprendidos del bueno manejo que tenía de la computadora donde pasó varias horas tratando de saber quien era. Por un momento pensó que era un italiano perdido, dado que su acento en inglés denotaba cierta base italiana, pero resultó que lo encontraron poco tiempo después, así que no era él.

A pesar de su pérdida de memoria e identidad enseguida entabló una estrecha relación con Astrid, lo suficiente como para comenzar a despertar en su cama.
El hermano de ella tenía una empresa de sistemas y sorprendió a Pavel, ese era su nuevo nombre, con un trabajo de cadete. Necesitaba empezar a ganar dinero, así que era una muy buena oferta.

Pasó un año. Pavel no sabía quien había sido, pero sabía quien era ahora. Evidentemente en su vida pasada, como él la llamaba irónicamente, había estudiado, porque al poco tiempo fue ascendido y se destacó fuertemente en su trabajo donde supo ganarse el respeto de sus compañeros recelosos de su vertiginoso crecimiento laboral.

Todo iba bien. Muy bien. Una mañana de Sábado salió a pasear su perro Nepo, nunca supo bien de que raza era, pero no debería ser un primo muy lejano de los lobos típicos de Europa central a juzgar por su aspecto.
El cielo era celeste como siempre, pero su vida otra vez cambió de color.
Una mujer joven lloraba paradita frente a él. Sus lágrimas brotaban a borbotones. Ella se le quería acercar más de la cuenta, pero él ponía distancia. Nepo, a pesar de su corta edad, percibía los nervios de ambos y eso lo ponía más nervioso a él todavía.
La confusión era total. El perro ladraba, la chica lloraba mientras balbuceaba en algún idioma desconocido y todo el mundo lo miraba.
Las cosas tomaron un poco más de lógica cuando ella le mostró una foto juntos. Pero la lógica era lo menos que dominaba su cabeza en ese momento.
¿Porque pasa esto ahora? Estaba enamorado y no necesitaba nada más. Esa mujer representaba un problema más que una solución. Quería irse y que ella haga lo mismo. Pero eso no sucedió.

Al ver que él contestaba en inglés, empezó a hablarle en ese mismo idioma y a explicarle que llevaba un año desaparecido. Que lo buscaron por toda Vienna y que ella era su novia, que sus amigos y familia lo daban por muerto. Otra vez se repetía la historia, se encontraba sin saber quién era él, y era una mujer la que le explicaba.

Ella llamó a su familia y les contó el casual milagro que había sucedido. Como era claro que no recordaba nada, pidió que le traigan sus cosas, entre las que estaban el bolso de su notebook y algunas otras pertenencias que él podría llegar a utilizar para comenzar a recordar.

Los días pasaron y su vida se convirtió en una pesadilla. Padres, hermanos, amigos, tíos, todos extraños que querían meterse en su vida y en la de Astrid. ¿Quién los habrá mandando llamar? - Se preguntaba. - ¿Por qué saqué a Nepo? Lo hubiera dejado que se haga encima!
Pronto comprendió que no podía ignorar su vida pasada, que en realidad era lo que más le gustaría, pero no era de los que elijen el camino fácil, así que él y su novia, Astrid, hicieron la valijas para ir a conocer su país de origen. Un país del que acababa de descubrir que también conocía su idioma. Estaba más sorprendido que nadie. Era como si hubiera aprendido otra lengua de la noche a la mañana. Por un momento sintió que estaba dentro de una película de ciencia ficción donde nada era lo que parecía y donde con solo conectarse a una computadora se podía aprender cualquier cosa.

Pavel era una persona a la que le gustaba festejar, pero desde que vió el cartel de bienvenida para Joaquín, se sintió completamente fuera de lugar. Su nombre era Pavel, como lo bautizó Astrid, no era Joaquín. Ni siquiera le gustaba ese nombre. Tampoco su nuevo antiguo idioma. Nada de lo que había a su alrededor le gustaba. Salvo por Ángela. Había algo con esa chica que lo ponía nervioso. Quizá era el recuerdo del tormentoso momento en que se conocieron esa mañana de Sábado.

De vuelta en el hotel, mientras Astrid se bañaba se sentó a revisar sus cosas. Si es que esas eran sus cosas. Por más que le ofrecieron casa, prefirió la independencia del hotel.
Algo asomaba del bolso de la notebook. Era un puntita amarilla. Dejó lo que tenía en la mano y desconfiadamente lo sacó del bolso.
Sin saber por qué, fue directo a la hoja 8. Había algo ahí que le era profudamente suyo. Algo en esa sopa de letras era él mismo. Todavía no estaba tan ducho con el castellano, así que tardó bastante en resolverla. Astrid, que ya había salido de la ducha, no entendía que podía ser tan importante con ese librito de pasatiempos, habiendo tantos otros objetos entre sus cosas que lo podría ayudar a recordar. Pero la respuesta de Pavel, cuando le sugirió que deje el librito, fue tajante y prefirió dejarlo seguir con lo suyo. Además, ella en el fondo, no quería que él recuerde mucho, tenía miedo de que las cosas cambien y no le guste como resulten.

Su familia debía comprender que él era Pavel y que ya no era Joaquín. Que su vida era en Praga y que no tenía nada más que hacer allí. No quiso llevarse ninguna de sus supuestas cosas, a excepción de un simple librito amarillo lavado de pasatiempos y algunas fotos.

Pasó varios días sin entender que había con esa sopa de letras de la hoja 8. No fue hasta que su ansiedad bajó y le permitió leer la leyenda al pie de la página:

“Una vez completados todos los casilleros, se podrá leer una declaración en forma vertical compuesta por la segunda y la cuarta columna.”

Sus ojos rápidamente le dictaron la frase.

- Me iba a proponer? - Dijo en voz alta. - Por suerte lo dijo en castellano, ya que Astrid lo escuchó y preguntó que había dicho. Pavel contestó que no era nada y se fue al balcón. Necesitaba pensar.

Las fotos con sus amigos y exnovia eran como fotos de extraños, hasta él se veía como un extraño con ropas que no eran su estilo, pero cada vez que las veía, a veces más de una vez por día, le parecía como un deja vú.
Ya habían pasado dos meses cuando no fue hasta que llamó por el nombre Ángela a Astrid que se dio cuenta que la cosa todavía se podía complicar mucho más de lo que él había pensado.

Ella lloró mucho mientras lo vió irse. Pavel, o Joaquín, como ya no sonaba tan extraño, había decidido volver a su país algunos días, pero estaba vez lo haría solo. Necesitaba aclarar su mente y quería ver mejor como eran las cosas allí.

Capítulo III

La bienvenida no fue tan calurosa esta vez, pero de todas formas se sintió bien recibo por todos esos extraños cariñosos.
No es que no quisiera ir con Astrid, la verdad es que la extrañó desde que se fué, pero iba a poder moverse más libremente si estaba solo. Sobre todo si quería conocer un poco más de Ángela. Estaba absolutamente intrigado por esa chica a la que pensaba proponerse en su otra vida. ¿Que podría haber visto en ella como para querer casarse?

- Hola. Ángela? Soy Pavel. - Se corrigió rápidamente. - Joaquín. Sabés quien soy?
- Si! Claro que se quien sos! Que sorpresa.
- Si, me imagino. Volví unos días. A lo mejor nos podríamos juntar a tomar un café.

Ella accedió, pero no con las ganas que el pretendía. Era un poco egoísta de su parte, porque solo quería saber de quien se trataba, y sabía que él era muy importante para ella. Que esta tarde de café podría afectarla emocionalmente. Pero al fin y al cabo, era una completa extraña.
La sorpresa fue, café de por medio, descubrir que él no era la única persona importante en la vida de Ángela. Por lo visto, había iniciado una relación con alguien más.

En ningún momento mostró intenciones de intimar con él, de aproximarse o tan siquiera de tocarlo. Él no hubiera hecho nada, y en el fondo se alegró de que ella, estando en pareja, no lo haya hecho, pero de todas formas quería que ella lo busque. Quería que la mujer a la que aparentemente él le iba a proponer matrimonio, todavía esté dispuesta a aceptarlo, si es que alguna vez lo estuvo. Otra vez, no entendía que era lo que él mismo buscaba. Si bien era una persona inteligente, no fue hasta varios días después en el avión de regreso a Praga, donde tenía mucho tiempo para pensar, que entendió que era lo que buscaba en ella. Lo que no había podido encontrar en Astrid. Algo tan fuerte que lo haga sentir que esa era la mujer de su vida. Astrid no lo era. Era una excelente compañía. Era una chica encantadora, trabajadora y amorosa. Pero no era la mujer con la que querría pasar su vida.

Pocas veces se había puesto a filosofar, no era su rama. Pero el famoso “amor de la vida”, ¿es el que nunca se pudo concretar? ¿Son esos amores perfectos y pasionales que al final nunca fueron? Ese amor de la vida ¿se ganará el título solo por el hecho de no poder serlo, y en caso de serlo, entonces pasar a ser otro amor más? ¿Será posible sostener una amor tan pasional sin que agote las fuerzas de la pareja? - Pensó. - La pasión ¿muere o se mata? en defensa propia...

Internet le trajo un sin fin de personas que aseguraban conocerlo de toda la vida o por lo menos desde hacía mucho años. Algunos días se sentía casi como una persona famosa caminando por la calle, todo el mundo lo quería saludar y acercase como si lo conocieran y él, en cambio, no solo no conocía a estas personas, sino que además, no le interesaba hacerlo.

- ¿Y si vamos a remar al río? Hace muchísimo que no lo hacemos...
- Pavi, nunca fuimos a remar. - Dijo ella con tono de preocupada. - Te sentís bien?
- Si, no sé en que estaba pensando, olvidate.

Se quedó mirando por la ventana. ¿Cómo que nunca fuimos? Pensó.
El recordaba haber ido muchas tardes a remar con ella. Es más, se acordaba de las plantas a los costados del río y de los canales. El tema era que debería ser otro río, porque el que cruza Praga, ahora que lo pensaba mejor, estaba rodeado por edificios y murallas.

Los recuerdos se fueron sucediendo unos tras de otro, pero ya sabía que no era conveniente decirlos a viva voz, así que la iba tanteando, pero Astrid poco tardaba en saber que era lo que sucedía. Cada vez tenía más historias y momentos vividos con ella, de los cuales al parecer, ninguno era real.
Su vida entera había pasado en pocos meses de ser ordenada y próspera a un sin fin de recuerdos irreales e inseguridades que lo acosaban hasta en su sueños. Su trabajo carecía de sentido y él de ganas de realizarlo.
Volver con su familia definitivamente no era una opción a considerar, pero a lo mejor mudarse solo y separarse de Astrid podría serlo. Nepo no era negociable, el resto le daba igual.

Su nuevo departamento no quedaba muy lejos del anterior, el barrio le gustaba. A lo mejor todavía no había tenido el coraje de dejar todo eso. ¿Cómo hacer lo que uno quiere cuando no se sabe que es lo que se quiere? Mejor quedarse cerca, por las dudas.

- Nepo! Vamos? Querés salir? - Dijo en un inglés sin acento definido.

Siempre le gustó el color celeste intenso del cielo despejado. Era un tarde ideal para pasear y ver a los turistas despreocupados acariciando la estatua de bronce pensando que si lo hacen algún día volverán.
Y ahí estaba ella. En el mismo lugar donde se la encontró por primera vez hacía algunos meses ya. Paradita sonriendo, muy nerviosa.

- Hola Pavel.

Él la miró y sonrió. No supo que contestarle, solo quería abrazarla, pero se contuvo.

- Hola Ángela.
- Se que ya no sos el Joaquín que yo conocí. Pero seas quien seas ahora, me gustaría conocerte.

El Karlova Mostu se levantaba detrás de ella, y a continuación pasaba el río que acariciaba incansable el suelo y las paredes que lo guiaban.