viernes, 31 de diciembre de 2010

Demasiado serio, poco serio

Hace un tiempo que mi tío, en esas charlas de cortas horas que tenemos, me viene soltando de vez en cuando la frase “Demasiado serio, poco serio”.

No le terminé de cazar la vuelta muy bien todavía, pero creo que ya estoy empezando a ver por donde viene la mano.

Me parece que el problema es darle a las cosas mayor importancia de la que tienen. Muchas cosas son importantes y merecen la atención correspondiente, ¿pero cuantas veces hicimos una montaña de un grano de arena?
Demasiado quiere decir en exceso, y cualquier cosa en exceso es demasiado :P
Es muy probable que si hacemos memoria nos encontremos con decenas o cientos de veces (habría que tener mucha memoria para eso) en las que nos queríamos morir por algún problema o situación que al final no fue tan grave.
Si le damos a cualquier cosa más importancia de la que merece, entonces es ridículo, si es ridículo, es poco serio.
Demasiado serio, poco serio.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

¿El miedo protege o priva?

Claramente el miedo nos protege. Es esta cosita que hace que te cuides. Digamos que el miedo es nuestro ángel guardián interno. Es el que nos detiene antes de hacer cosas que nos podrían llegar a lastimar.
¿Pero qué pasa si resulta que nuestro ángel guardián interno se vuelve un poco sobreprotector? Como alguna madre por ahí...

¿Qué pasa si ese miedo a sufrir no te deja enamorarte? ¿Qué pasa si ese miedo a estar solo no te permite disfrutar de tu propia compañía? ¿Qué pasa si el miedo a decidir te deja sin opciones? ¿Qué pasa si el miedo a lo nuevo te deja con lo viejo? O si te mantiene con un malo conocido. O si el miedo a jugarte te deja fuera del juego. O si el miedo a probar te deja sin conocer.
¿Qué pasa si el miedo te priva?

sábado, 25 de diciembre de 2010

Lo que se resiste, persiste

Hace poco me enseñaron algo que no tardé mucho en entender, igual que les va a pasar a ustedes, porque no es nada difícil, pero que a más de uno le puede resultar interesante.

"Lo que se resiste, persiste". ¿Alguna vez se pelearon con alguien y lo odiaron y desearon no verlo más? ¿O por lo menos no verlo por mucho tiempo? ¿Y que pasó? Si no se lo encontraron en el calle, el subte, el colectivo o el cine, seguro que se lo llevaron en su cabeza dándole vueltas al tema, recordándose porque es merecedor de nuestra desaprobación (para no poner odio, vio). En definitiva lo tuvieron más cerca que nunca.
Por ejemplo, prestá atención eh.
No te imagines un elefante blanco Ya!
A ver, la idea es que no te lo imagines. Vamos a probar de nuevo.
No te imagines un elefante rosa Ya!
Otra vez? Y eso que le cambié el color eh.
"Lo que la mente resiste, persiste".
Esto puede pasarnos con elefantes de colores, cosas, personas, trabajo y cualquier otro tema que ustedes quieren.
La idea es que negar y sostener cosas que no queremos solo genera que nos queden grabadas a fuego, y eso es lo que menos queremos.
Aceptar y seguir adelante vuelve a ser otra buena alternativa.

Las películas pal’ cine

Que fácil es comerse la cabeza. Durante mucho tiempo, meses diría, estuve pensando en un tema específico. Era como una ruedita de hamster en mi cabeza que giraba pero no avanzaba, y ese giro continuo, a pesar de no generar movimiento, me consumía muchísima energía.
(estamos súper seguros, pero en realidad estamos en bolas)

Muchas veces damos por sentadas cosas que imaginamos solo tomando un ápice de información y construimos algo enorme, sólido y que nos creemos ciegamente. A veces usando la razón, a veces la imaginación o fantasía y en el peor de los casos todo junto. Y digo peor de los casos por que se crea una fantasía que suena totalmente lógica. Pasa a ser una verdad. Les voy a poner un ejemplo: Supongamos que nuestra tasa preferida aparece rota. Podemos hacer 2 cosas. 1) Putear un poco, aceptarlo, comprar otra o no, pero seguir con nuestra vida. 2) Entre cerrar los ojos, hacer un pseudo pucherito y suponer como pasaron las cosas, creérnoslo, y tratar mal al que seguro la rompió hasta que confiese por cuenta propia su crimen.

Lo peor de estas películas, es que tienen botón de rebobinar, así que se pueden volver a ver una y otra vez. Además como somos los directores, siempre podemos hacer los retoques que queremos, agregar escenas nunca vistas y comentarios del director. Esta es una mala práctica.

Más de una vez me encontré a mi mismo, o a amigos que buscaban un espectador, dirigiendo largometrajes formidables que serían merecedores de los mejores galardones cinematográficos, pero que en realidad sólo nos hacen perder el tiempo y la cabeza. Mi recomendación es que si en algún momento se ven atrapados en una de estas situaciones, traten de tomar consciencia y paren la mano, tienen todas las de perder. Si quieren mi sincera opinión, les digo que para mí en algún caso le vamos a pegar y nuestra corazonada va a estar correcta, pero lo más probable es que la mayoría de las veces estemos equivocados. E inclusive, si en algún momento estamos en lo correcto, probablemente terminemos delirando y agregando más escenas irreales. Una solución a esto es hablar con la o las personas que estén interpretando papeles protagónicos en nuestra película, pero cuando esto no es posible, muchas veces la mejor solución es simplemente aceptar las cosas como son.


jueves, 23 de diciembre de 2010

Un día de camping - 4ta parte


Sally no quería ver. El miedo y el dolor, mezclados con la tranquilidad de ser rescatada se fundian en su mente confundiendo todas sus emociones.

El helicóptero siguió su camino, indolente al sufrimiento y muerte que vestía el paisaje con un velo que crisparía a la parca misma.
La base se encontraba a pocos kilómetros. Era un asentamiento militar que todavía resistía las hordas que día y noche intentaban alcanzar los cuerpos hidratados de los residentes.

El sonido del motor del helicóptero, como un ronroneo de león, comenzó a cambiar la onda acústica que generaba. Dejó de ser un sonido constante para convertise en un sonido que trastabillaba. El motor no presentaba ninguna falla en sí, pero hacía lo que podía con una significativa falta del vital combustible.
El piloto sabía que ese desvío para rescatarlos lo alejaba más de la posibilidad de poder volver antes de que el preciado líquido que saciaba la inagotable sed de la turbina se consumiera.

La nave empezó a perder altura, abajo los esperaba un turba embravecida que seguía, con ojos grises, el recorrido que dibujaban en el cielo despejado.
Solo faltaba un kilómetro y medio aproximadamente para su destino, si conseguía encontrar un claro en el terreno todavía tenían una oportunidad.
Los dos ocupantes eran el piloto y Marcos, un rescatista tan tenaz como inexperimentado. Sólo contaban con un maletín con 5 vengalas como arma y su adrenalina.

Sally todavía colgaba, era menester subirla o podría ser arrastrada por el irregular terreno cuando el helicóptero haga contacto con la madre tierra.
Marcos, haciendo un gran esfuerzo y resistiendo el dolor que la soga impartía en sus dedos consiguió subirla solo unos segundos antes del contacto.
Las aspas que todavía giraban con su rostro al viento, inmutables y ajenas al infierno que su falta de velocidad estaba generando, se estrellaron violentamente contra los árboles, piedras y animales que se interpusieron en su camino. Los sonidos de vidrios explotando, metal chirriando y golpes de dentro y fuera del aparto se escucharon en toda la zona, pronto tendrían compañía.

El piloto que tan diestramente pudo llegar a una zona medianamente despejada permitiendo que Marcos y Sally sobrevivan, no estaba por ningún lado. No había rastros de su cuerpo ni respondía a los tenues llamados de Marcos que no quería confesar su posición a cualquier cosa que lo pudiera oír. Se aseguró de que ella no estuviera herida de gravedad y le pidió que espere unos segundos, iba a alejarse unos metros para buscar a su compañero.

Volvió sin éxito en su misión. Sally se tapaba la boca con las dos manos, quería llorar a gritos y quitarse la soga de horror que estrangulaba su cuello. Sus ojos perdidos permitían leer el estado de su mente perturbada.

- Tranquila. Estamos muy cerca. Vamos a lograrlo.

Ella levantó su rostro lentamente. Sus pálidos labios temblaban, sus cejas caídas a los lados enternecieron a Marcos. Ella estiró lentamente su mano y señaló hacia el helicóptero, o lo que sería la parte de mayor tamaño. Más precisamente, al cuerpo mal trecho y ensangretado que asomaba por debajo de la estructura metálica, eran los restos del piloto. Rompió en llanto. Él la abrazó e intentó calmar con palabras alentadoras al oído. Pero ella no podía escuchar más que sus propios gritos de agonía.
Mientras la abrazaba, por sobre el hombro derecho de ella, percibió movimiento entre los árboles. Sólo segundos los separaban de una comitiva de recepción tan fría como acalorada.

Emprendieron la carrera, pero Sally encontraba cada vez mayores complicaciones para respirar. Una fiebre abrasadora hacía hervir su cabeza. Pronto comenzó a sentir un dolor punzante que subía desde su tobillo. Su tobillo que no había salido ileso de las garras de aquellos demonios que no la dejaban ir, y de los cuales Víctor la había rescatado dando su vida en ello.
Espamos y movimientos erráticos e involuntarios comenzaron a dificultar su equilibrio.
Pronto supieron que era cuestión de tiempo para que suceda lo inevitable, pero ninguno de los dos dijo nada. Ella no quería aceptarlo, él no quería herirla más todavía. La cargó en su hombro y siguió a firme paso veloz en dirección al asentamiento.
Su huellas doblemente profundas eran testigo del peso y tensión que estaba soportando su humanidad.
Él había presenciado el acto heróico que Víctor, un completo desconocido para él. Si esa era su forma de morir, lo haría con el mismo orgullo y determinación. No caería sin dar pelea.

Solo faltaban algunos cientos de metros cuando sintió que toda la tensión del cuerpo de Sally se relajaba y que colgaba libremente sobre su hombro.
Se detuvo y la recostó en el suelo para intentar comprobar sus signos vitales. Su agitada respiración le dificultaba la tarea. Sostenía el dedo índice y mayor sobre la yugular de la jóven procurando conocer su ritmo cardíaco.
Los ojos de ella se abrieron repentinamente. El gris de sus globos oculares congelaron su alma. Dio un salto hacía atrás. Sally, o su cuerpo, o lo que sea que eso era, intentaba darle alcance estirando las manos como garras y dando mordiscos al aire.

Marcos comenzó a correr a su máxima velocidad. No quería mirar para atrás. Ya le estaban dando alcance muchos otros más. No podía perder ni un segundo. Sus pulmones no daban a basto y su bazo punzaba en sus entrañas. El viento limpiaba las lágrimas que emanaban de sus ojos que habían visto el espanto de un mundo convertido en el averno, pero poblado no por los espíritus de los muertos, si no por sus cuerpos.
Sus piernas se movían ágiles por el irregular terreno conformado por arbustos, algunas piedras expuestas y espaciados árboles.

Faltaban menos de cien metros, sin menguar su estrepitosa velocidad, intentaba distinguir si el portón de la entrada principal estaba entreabierto como parecía. En cuestión de segundos estaría ahí.

- Abran! Abran! Abrannnnnn!

Sus gritos fueron escuchados y la puerta entreabierta se abrió un poco más. Un soldado muerto asomó su cabeza. El asentamiento había sido tomado. Sus gritos atrajeron a muchos más que comenzaron a salir por el portón.
Al frente de él, un asentamiento abatido. Detrás de él un estampida de muerte. A su derecha ya se encontraba la pared del recinto. Siguió corriendo, mantuvo la velocidad, inclinó su cuerpo levemente hacia la izquierda para comenzar a girar sin perder impulso.
A pocos metros se encontraba un vehículo militar, era su mejor opción.

En la velocidad del ascenso golpeó su rodilla con el volante, pero no podía hacer un chequeo, en muy pocos segundos se definiría su futuro inmediato. Las llaves estaban puestas. El hummer encendió y las ruedas giraron desesperadamente disparando piedras que derribaron a algunos de sus perseguidores.
El espejo retrovisor le mostró como todo iba quedando detrás y al frente solo había una cinta interminable de asfalto. Su aventura recién comenzaba.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Lechero

Como todos los días, dejó la leche junto a la puerta.
Como todos los días, hizo el mayor ruido posible,
sin pasarse de la cuenta, para que ella lo escuchase.
Como todos los días, los segundos pasaron dando
estruendosos golpes en su reloj imitación.
Como todos los días, éstos, siguieron pasando uno detrás del otro.

Eran pocos los días que la veía. Pero siempre pensaba lo mismo cuando lo hacía.
Un día, mientras dejaba la leche al pie de la puerta, vio como ésta se abría.

Levantó la mirada y ahí estaba ella, con su actitud fresca y natural. Libre.
Él la miró, sentía como su garganta contenía un voluminoso buen día.
Como todos los meses, ella abrió su billetera y sacó el dinero correspondiente a la leche adeudada.
Con cara desilusionada lo tomó y agradeció.
Con esa misma cara mostró un frágil esbozo de querer algo más.
Ella le regaló una sonrisa gentil de alguien que ya había decidido.
Se despidió y cerró la puerta.

"Sé tú mismo"

juaaaaa cuantas películas de los 80 nos transmiten ese mensaje!! No quieras parecerte al chico popular de la escuela que es el más campeón. Si lo tuyo es hacer casitas con palitos de helado desteñidos a través de tus anteojos de culo de botella, se feliz y hazlo!
Paparruchadas!! A quien quieren engañar?? Hacer eso no es nada fácil, de hecho, ser uno mismo es dificilísimo.

Para realmente poder ser y hacer lo que uno quiere y que le chupe un huevo lo que piensa el otro hay que ser de titanio, inerte y con una batería en el culo. O ser un groso posta de la vida con muchos años de experiencia y así y todo no debe haber muchos. Pero bueno, eso es lo que pienso yo, en un acto de arrojo inconsciente hacia mis propias ideas.

Capaz con el tiempo se podría alcanzar un grado razonable de "uno mismez" y fluir un poco más relajadamente por la vida. Habría que ver cual es el precio que la sociedad nos hace pagar. Porque ser uno mismo es ser distinto, y ser distinto tiene su precio. Alto por cierto.
El que tenga una billetera gorda en el pecho, que lo pague. Debe ser como comprarse alas.



“Hagan como yo, ¡y no me imiten!”. - Jacques Lacan (Al que crea que lo entendió, por las dudas, léalo otra vez).

domingo, 5 de diciembre de 2010

La Casona de Von Veltheim

No importaba que sea una de esas carrozas nuevas con suspensión, los caminos de tierra siempre hacían el viaje movido e incómodo.
Las nubes como inmensas montañas arremolinadas ya cubrían el cielo amenazante. La débil luz del candelero iluminaba pobremente el camino. Los árboles desnudos, desprovistos de hojas y de apariencia de vida, cual guardianes custodiaban las fronteras laterales de la senda. Su lúgubre aspecto desalentaba cualquier intención de adentrarse en ese bosque sombrío.

Pronto deberían buscar refugio, pues la noche iba a ser muy dura, sobre todo para los animales.

- ¡Señor! - Dijo la voz del conductor. - ¡Veo una luz en la ladera, voy a dirigirme hacia allá en busca de hospedaje!

El señor Vladimir casi no pudo distinguir las palabras del fiel Dimitri, el viento arreciaba y ya estaba disparando gotas gordas contra todo lo que se interponía en su camino, ya sean caballos, la carroza o el rostro marcado de cicatrices que portaba Dimitri. La vida había sido bastante más dura con él que con Vladimir, o su esposa Astrid para el caso, pero desde que servía para el señor, las cosas iban mejor. De todas formas esa noche estaba preocupado. Sabía que esos caminos eran muy poco transitados y que él era el responsable de la seguridad de la carroza y sus pasajeros.

La casa era imponente. Dos torres redondeadas se levantaban a los lados terminando en larguísimos picos. Estaban unidas por una estructura de tres pisos de alto con techo a dos aguas, con pendiente hacia el frente y hacia la parte trasera. Dimitri se preguntaba cuan grande sería detrás. La puerta de roble macizo debería pesar cientos de kilos. Más que una casa es un castillo. Sólo que tenía tejas y paredes de cemento pintadas de blanco, aunque en muy malas condiciones. Pero definitivamente recordaba la imagen de un castillo. Probablemente un lindo día no tendría la apariencia de ocultar algo, como lo hacia esa noche.

Levantó la pesada aldaba de bronce y la acompañó hasta abajo haciendo sonar la puerta. No era posible golpearla con los nudillos y que se percibiera un mayor sonido del que se podría hacer golpeando un árbol. Menos esa noche de vientos y truenos furiosos.
Ya quería hacerla sonar otra vez, no es que sea impaciente, pero era muy probable que nadie lo haya escuchado. Se estaba conteniendo cuando escuchó el golpe de un cerrojo de pesado metal detrás. O eso creía haber escuchado.
La puerta se abrió lentamente. Solo una de las dos hojas que la conformaba.
La luz dejaba ver un señor muy avejentado, con un traje marrón, roído y gastado, pero que estaba perfectamente abrochado y planchado. Era una combinación de elegancia y desfachatez.

- Disculpe la molestia señor mío. - Estoy escoltando al honorable Vladimir Petrauskas y su esposa. Necesitamos un lugar donde pasar la noche. ¿Podría recibirnos? Será bien pago.

El anciano lo miraba con ojos cansados. Sus párpados inferiores dejaban ver su rojiza parte interna. Miles de pequeñas arterias recorrían sus ojos azules. Dimitri hizo un gesto con la cabeza como indicando que ya había concluido y que esperaba una respuesta. Pero el anciano seguía mirándolo inexpresivamente. Tal era el nivel de inexpresividad y pesadumbre de la cara del portero que Dimitri quería pegar un grito sólo para ver si reaccionaba o si su estado era imperturbable.

- Lleve el carruaje al granero. Daré aviso de su llegada. - Dijo luego de una eterna espera que ya había crispado al noble Dimitri.

Era menester soltar a los caballos que estaban agotados, pero no le gustaba nada la idea de dejar a Vladimir y su mujer en la entrada del castillo. Con la lentitud del portero podrían mojarse completamente esperando que les abran la puerta.
Una vez que el señor y la señora entraron dirigió el carruaje hacia el granero, donde se escondió bajo el techo como una liebre de pelaje marrón en su madriguera a la espera de mejores condiciones.

El anciano se presentó a sí mismo como Sixfrid.
Vladimir y Astrid hicieron lo propio. Fueron escoltados hacia los que serían sus aposentos esa noche. Dejaron en claro que Dimitri debería ser tratado con la misma consideración y se encargaron de recalcar que su atención sería bien paga, pero Sixfrid no contestó a ninguno de esos comentarios y continuó como si nadie hubiese hablado. De hecho, Sixfrid sólo habló para presentarse.
El anciano hizo una sutil reverencia que indicaba su silenciosa retirada.

- Discúlpeme. - Dijo Vladimir con su respetuoso y carismático tono. - Estaríamos halagados de conocer al propietario de esta hermosa residencia. Si fuera posible querríamos cenar con él y escuchar la historia de éste lugar que de seguro será muy interesante.
- Lo es. - Dijo Sixfrid mientras cerraba la puerta delante de sí.
- ¿Viste eso? ¡Se fue! Espero que haya comida de este siglo por lo menos. - Astrid sonrió y estiró los brazos. Valdimir se acercó la abrazó y la levantó mientras la besaba. Nunca habían perdido la pasión. Dimitri cada vez que los veía pensaba que era ayer que se acababan de enamorar. Era como si siempre estuvieran en esa primera etapa del amor donde les brillaban los ojos al hablar uno del otro, pero a su vez con la solidez de una pareja eterna.
- Espero que Dimitri reciba una buena recepción. Voy a asegurarme de que su habitación sea cómoda.
- Ya lo sé amor. Siempre lo haces.
- Y bueno, el guía nuestra carroza ¡debe dormir bien! - Dijo entre risas. Pero era verdad, todos debían descansar apropiadamente. Si bien Dimitri era su empleado más leal, también era su gran amigo. Vladimir le dio muchas oportunidades de independizarse o hacer otros trabajos. Pero el sentido del deber de Dimitri, que fue salvado de las frías y cortantes garras de la muerte por Vladimir, lo llevaban a guiarlo en todos sus viajes asegurando su integridad y la de su amada. Sentía que era su deber, ya que debía su vida al honorable Vladimir.

La mesa también de roble, y seguramente también tremendamente dura y pesada, estaba cercada por catorce sillas. Las que se encontraban en las cabeceras tenían apoyabrazos y detalles de finísima terminación. De hecho, todos los muebles eran antiquísimos y el paso del tiempo había sido despiadado con ellos, pero la excelencia en los materiales utilizados era algo que llamó la atención de Vladimir desde que entró en la residencia.

- El señor se unirá a ustedes en breves minutos. Pidió que por favor sean tan amables de excusar su demora.

Sixfrid no dio más explicaciones y se alejó. Por ahora no había novedades del buen Dimitri que la pareja esperaba también para cenar. La frialdad del portero dejó a Vladimir con las ganas de preguntar por su amigo, puesto que no pudo hacerlo.

El fuego de la chimenea ardía con gran intensidad, no se podía estar cerca, pero el salón era tan grande que de todas formas hacía frío. Además estaba mal iluminado. Se ve que la economía del propietario no se encuentra en su mejor momento - Pensó. - Probablemente esta casa haya sido heredada, pero ya no la puedan mantener.

Del otro lado de la habitación se escuchó abrir una puerta y un leve crujido. Casi imperceptible. Eran los pasos lentos pero firmes de un hombre mayor, pero con energía. Vladimir lo pudo confirmar por el apretón de manos que le dio.
El hombre se presentó cálidamente y con una cortesía digna de la realeza saludó a Astrid y los acompañó a la mesa. Antes de que Vladimir exprese su preocupación por su amigo, Von Veltheim, le dejó saber que su guía ya había recibido alimentos y se encontraba descansando en unos cómodos catres para el personal doméstico. Vladimir no estaba muy conforme con la respuesta, pero la amabilidad con la que se lo dijo lo dejó sin muchas posibilidades de comentar su inquietud. No quiso parecer descortés.

La comida no estuvo mal, pero se notaba que, si bien debería haber habido una época de abundancia, esa ya era historia pasada.
Vladimir estaba acostumbrado a grandes banquetes. De todas formas sabía apreciar un simple plato de arroz con la misma clase que un pato a la naranja.

No hubo señales de ningún otro personal de servidumbre. Era muy raro que la misma persona que abra la puerta sea la que los escolte a sus recámaras, los lleve al comedor y trajera la cena. ¿A lo mejor sería el único integrante del personal de la residencia? - Se preguntó Vladimir.

Ya estaban aseándose y preparándose para acostarse cuando se escucharon golpes. Era como si alguien golpeara con un artefacto de metal contra las paredes o el suelo. Eran golpes contundentes, espaciados por varios segundos. Astrid seguía hablando como si nada, pero Vladimir podía percibirlos con claridad. Levantó la mano con el índice hacia arriba e hizo un leve chistido. Su cara era seria. Astrid estaba por hacer un chiste haciéndose la que no se daba por aludida ante semejante falta de respeto, pero la cara de su esposo era determinante y supo que no era momento para bromear.
Los golpes seguían. Ahora que se permitió a sí misma escuchar, entendió que era lo que había llamado la atención de él. Las cejas fruncidas la pusieron nerviosa.

- ¿Qué es? - Preguntó ella entre intrigada y asustada.

No le contestó y giró levemente la cabeza, como intentando apuntar su oído en la dirección de donde parecían provenir los golpes. El problema era que cada vez que se escuchaban daba la impresión de que venía de las entrañas mismas de la casona.

- ¿Dónde estará Dimitri? - Preguntó a Astrid, sabiendo que ella no conocía la respuesta, pero dejando ver su descontento con la situación. - No me gusta esto de no haber sabido nada más de él. Y ese Sixfrid parece un alma en pena. Como si fuera tan antiguo como esta casa misma, y tuviera una maldición. - Poco sabía Vladimir de lo ciertas que eran sus palabras.

Sixfrid estaba maldito. Había entregado su alma a cambio de la vida de su hija, la cual siempre le recordaba a su madre, que murió al dar a luz. De poco sirvió, ya que ella, se entregaba a cualquier hombre que se le propusiera y poco tardó en quedar embarazada vaya uno a saber de quién. Lamentablemente ella y el niño, que sería su nieto, murieron por complicaciones de la naturaleza que para la época entrañaban misterios incomprensibles.
Los ojos de Sixfrid no transmitían un vacío, no eran inexpresivos como pensó Dimitri. Eran la viva, o en realidad casi muerta, representación de siglos de dolor y ancianidad acumuladas. Soledad. Sus ojos eran testigos de miles de atrocidades cometidas por la mano su amo Von Veltheim, o las manos que él dominaba. Junto con su maldición de una eternidad de servidumbre, además se incluía su incapacidad de dormir. Sixfrid no podía dormir, de esa forma, siempre estaría listo para servir a su amo. Su vida misma era una maldición. Lo que más lo atormentaba era que cuando su hija murió, entendió que Von Veltheim siempre supo que ella moriría, pero se aprovechó de la situación para conseguirse un sirviente. Su cuerpo estaba vivo, pero su corazón había muerto añares atrás.

Los golpes cesaron. Vladimir se preocupó más por eso. Si era Dimitri y dejó de golpear, a lo mejor es porque ya no puede. La situación no le gustaba nada. Tenía un gran sentido de la intuición y sabía que las cosas no estaban bien. La excesiva cortesía del dueño de casa lo había incomodado. Se sentía como un pato que estaba siendo engordado para llenar mejor la bandeja de plata que lo llevaría a la mesa de un palacio una noche de gran festín.

- Ahora vuelvo.
- ¡No! - Exclamó ella mientras él cerraba la puerta tras de sí.

Corrió hacia la puerta y su corazón casi se detuvo cuando la vio abrirse repentinamente.

- No salgas por nada. - Dijo él, y volvió a cerrar la puerta.

Se quedó de pie en ese mismo lugar durante unos instantes. Esperando que la puerta se abra y todo esté bien otra vez. O que por lo menos deje de estar sola.
Pero eso no sucedió. Se sentó en la cama mirando hacia la entrada del dormitorio esperando por la vuelta de Vladimir.

Los pasillos estaban oscuros. Los fuertes golpes ya no se escuchaban, pero podía escuchar un sonido que parecía el de cadenas pasando por una argolla de acero.
Bajó lentamente por la escalera, la baranda de madera pulida guiaba su mano nerviosa. La tensión recorría su cuerpo contracturando su espalda.
Llegó a la planta baja, los sonidos se seguían escuchando, cada vez estaba más seguro de que eran cadenas.
Entró en la inmensa cocina y supo que la puerta más fuerte era la que escondía la verdad de los sonidos que se habían escuchado esa noche. Huellas de zapatos mojados indicaban que no hacía mucho que alguien había entrado por ahí.
Destrabó los cerrojos y abrió la puerta. Las oxidadas bisagras dieron aviso de su presencia. La escalera era de piedra. Se veían algunas sombras movedizas producidas por antorchas encendidas. Con resignación y sabiendo que nada bueno iba a salir de ahí, comenzó el descenso. Miró hacia arriba en la dirección aproximada de a donde él pensaba que se encontraba el dormitorio que albergaba a Astrid, casi como sabiendo que ella también lo miraba y de cierta manera, como pidiéndole perdón por dejarla sola y hacer lo que él sabía que debía. Buscar a Dimitri.
Llegó al primer subsuelo. Los eslabones de las cadenas no cesaban de golpearse entre sí y contra el suelo.
Apoyando la mano en la pared de húmeda piedra asomó la cabeza hacia una cámara de donde provenían los sonidos.
Dimitri estaba completamente ensangrentado. Tenía cortes profundos por todo su cuerpo. Pero de todas formas seguía de pie. Tironeando de las cadenas buscando liberarse.
Vladimir lo miró y su alma se llenó de dolor. Probablemente mucho más del que sentía Dimitri. Nunca en su vida se iba a perdonar haber permitido que le hagan eso.

- Dimitri. - El nudo en su garganta no le permitía hablar. - ¿Que te hicieron?

Su amigo lo miró. Negó sutilmente con la cabeza.

- No pude avisarte. Sus ojos brillosos delataban sus sentimientos. - Te he fallado mi amigo. A ti y a ella.
- ¿De qué hablas? Yo soy el que te he fallado a ti. Mira el estado en el que estás. Tengo que sacarte de aquí.
- Corre. Vete ya. Ella está en peligro. No la dejes sola.

Vladimir se quedó mirándolo a los ojos. Sabía que romper esas cadenas iba a ser muy difícil.
- Ella está bien, la dejé en su habitación y le dije que no saliera por nada. ¿Quien te hizo estos cortes? - Preguntó inundado de ira.
- No son cortes. Son marcas de garras y mordidas. Tienes que irte ahora mismo.

Las fuerzas lo estaban dejando, la sangre seguía brotando de sus heridas que no parecían coagular.

Se escuchó un gruñido grave y profundo. La cara de Dimitri que veía lo que pasaba detrás de él no le dejaron dudas de que algo amenazante estaba casi encima suyo.
Lentamente giró la cabeza y antes de terminar de entender que era la silueta negra, enorme, peluda y nauseabunda que se erguía dos metros en la entrada de la cámara donde se encontraba, vio pasar a Dimitri sosteniendo un adoquín de pierda que había conseguido extraer del suelo. Golpeó a la bestia en la cabeza y se escuchó un aullido que llenó todas las habitaciones de la casa.

- Corre. ¡Sálvala! Sólo importa ella.

Vladimir siempre supo que Dimitri también estaba enamorado de ella, pero nunca dijo nada. Astrid era una mujer encantadora y era muy difícil no caer rendido ante ella.
No se podía mover, el miedo y la sorpresa le arrancaron el aliento y la voluntad. Estaba petrificado.
La sangre de su amigo salpicó su rostro. La bestia le acertaba zarpazos que arrancaban su carne. Vladimir no podía reaccionar.

- ¿Qué haces?... ¡Vete! - Alcanzó a decir con sus últimas fuerzas. Ya no temía por su vida. La angustia no era morir. Era ver a su amigo inmóvil. No le importaba morir por él, pero no se permitiría morir en vano.

El animal arrojó el cuerpo magullado contra la pared y dirigió su hocico en sentido hacia Vladimir. Se quedó mirándolo fijamente. Gruñía entre dientes. Sólo interrumpía sus sonidos para relamerse la sangre.

Vladimir retrocedió y la bestia comenzó una lenta aproximación.

Dimitri no lo iba a dejar morir, alguien tenía que salvarla a ella. Se levantó, casi fuera de sí, con los ojos perdidos. Lo atacó por detrás y pasó la cadena por sobre la cabeza de la bestia.
Le puso un pie en la espalda y tiró de las cadenas con las fuerzas que le quedaban buscando ahorcarlo. Soltó un grito de dolor y muerte.

- Correeeeeeeeeeeeeeeeee!!!

La bestia tomó la cadena con sus garras y giró enfrentando a Dimitri. Le propinó un zarpazo tremendo que terminó arrancándole la cabeza. Su cuerpo inerte cayó de rodillas y luego hacia un costado.
Vladimir ya había vuelto en sí. El horror apretó su garganta.
Corrió. Corrió tan rápido como pudo. Detrás de él venía el asesino de su amigo.
Los escalones pasaban y la puerta al final de la escalera se le acercaba. La golpeó con el hombro y entró en la cocina a toda velocidad. No quería mirar para atrás. No hacía falta, los sonidos que emitía le bestia al golpear con todo lo que se encontraba a su paso, su respiración y gruñidos daban señal de su tenacidad en la persecución.
Cerró la puerta de la cocina y sintió como la bestia se golpeaba con ella. Volteó y vio como la puerta se había partido y estaba cediendo. Eso sólo lo detendría unos minutos, o menos.

Astrid no se movió ni un centímetro cuando él entró violentamente en la habitación. La tomó de la mano y tiró fuertemente de su brazo. Ella seguía sin reaccionar.
Llegó hasta la ventana, la abrió y la hizo pasar a ella primero. Quedaron los dos sentados en el tejado bajo una pesada lluvia que los golpeaba insensiblemente.
Vladimir la tomó de los hombros y le dijo que pase lo que pase, no mire hacia atrás, que deberían correr.
Ella parecía no entender lo que pasaba, era como si estuviera bajo el efecto de alguna droga.

- Von Veltheim vino a visitarme a la alcoba mientras no estabas.
- ¿Pero qué dices?
- La puerta se abrió y él entró. Sus pies no se movían, sólo avanzaba como flotando sobre el suelo. No pude hacer nada para evitarlo. Cuanto lo siento mi amor. Perdóname. Mi cuerpo no respondía. Yo quería gritar y escaparme, pero no pude hacer nada. El me tomó. Dijo que voy a ser la madre de su hijo. Que moriré cuando nazca. Que era mi destino. Luego se fue.

Vladimir había estaba fuera sólo unos minutos, no era posible que haya sucedido todo eso en tan poco tiempo. Ella estaba perfectamente vestida como cuando la dejó.

- ¿Qué estás diciendo? ¡No sabes lo que dices! Eso no puede haber sucedido. Estuve fuera poco tiempo.

Ella lo miró y torciendo levemente la cabeza apretó los labios y levanto sus hombros. Tampoco entendía, pero él supo que de algún modo era verdad. O que por lo menos ella estaba segura de sus palabras. Había sido invadida por Von Veltheim y su marca la iba a acompañar por siempre.

Se deslizaron por el tejado hasta el borde, bajaron por el caño de desagote que se apoyaba en la pared hasta el suelo. Corrieron hasta el granero. Ella entró primero y él miró la casa antes de entrar. Un rayo que tronó violentamente en ese mismo momento le mostró a la bestia saliendo por la ventana del que había sido su dormitorio. En poco tiempo les daría alcance.

Los caballos estaban exaltadísimos. Fue muy difícil montarse sobre ellos en esas condiciones, y más sin montura alguna. Ambos salieron a galope tendido. La bestia los seguía dando unas zancadas tremendas.
Los fuertes caballos, a pesar del trajín del día, les permitieron escapar con vida. El bosque los devoró.
Vladimir abrió los ojos de golpe. El cielo ya estaba aclarando. Ella estaba recostada sobre él. Completamente pálida. Sus labios estaban azules.
No había señal de los caballos.
La cargó en su hombro y comenzó a caminar.
La casona ya no estaba lejos. Llegó hasta la puerta. La hizo sonar.
Sixfrid la abrió.

- Quiero verlo ahora.

Lo dejó pasar y lo guió al salón de lectura donde se encontraba Von Veltheim.
Luego se retiró sigilosamente dejándolos solos.
Vladimir descargó a su esposa sobre un diván.

- ¿Qué quieres a cambio de su vida?
- Siéntate y charlemos. Seguro llegaremos a un acuerdo.